Raphael Hoetmer * Cuatro veces Hugo

Conocí a Hugo Blanco en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Los compañeros de Raíz habían organizado un conversatorio sobre los movimientos sociales contra la globalización neoliberal. Yo estaba en la mesa con Hugo y el contraste no podía ser más grande. Yo, un joven activista entusiasta, recién llegado al Perú, con unas cuantas ideas románticas sobre los movimientos sociales y unos prejuicios más o menos coloniales sobre el Perú, iniciando un camino de aprendizaje y transformación. Él: Hugo. Desde allí, nos fuimos encontrando.

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La asamblea final de la IV Cumbre Continental Indígena en Puno se realiza en un ambiente tenso. El discurso cada vez más agresivo del presidente hace sentir que la represión del levantamiento amazónico está cerca. Adentro, distintos líderes y organizaciones disputan el liderazgo y la visibilidad. En la asamblea final, Alberto Pizango da el mejor discurso que escuché de él, llamando a la solidaridad entre pueblos, señalando lo que realmente está en juego en la lucha amazónica: el territorio, la cultura, la vida.

Justo afuera de la entrada del estadio veo a Hugo. Parado detrás de una manta donde están expuestos los números de Lucha Indígena para la venta. Hugo no necesita el estrado. Prefiere vender el periódico, abriendo un espacio para el diálogo directo. Mira a los ojos de quienes se acercan. Nunca hay menos que diez personas alrededor de él. Escucha, contesta, bromea, provoca. La “r” sale redonda y lenta de su boca, como la ola que sube a la playa. Accede a las solicitudes de varias personas de tomarse una foto con él. Le pregunto cómo va la venta. Me dice que va bien, y que es importante poner un precio, aunque sea mínimo a los materiales –al contrario de lo que hacen las ONG- para  que se vea el valor del trabajo, se permita la autogestión y quien compre lo haga conscientemente.

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En el tercer Diálogo de Saberes y Movimientos que organizó el PDTG, Hugo habla sobre el escenario político tras la victoria electoral de Ollanta Humala. Insiste que hay que exigir al Gobierno que cumpla sus promesas, pero no hay que ser ingenuos, son los pueblos los que forjan el cambio. Plantea que la lucha principal en este momento es la defensa del medioambiente, tan amenazado por las transnacionales, y defendido, principalmente, por los pueblos indígenas. Después de su presentación, Gina Vargas lo interpela: “Hugo, me ha gustado tu presentación, pero discrepo sobre una cosa. No creo que haya una lucha principal, esto es caer en los errores de antes. Las mujeres siempre hemos sido relegadas por las luchas principales”. Hugo contesta que él cree firmemente en la justicia de la lucha de las mujeres por decidir sobre sus vidas y cuerpos. Una joven compañera lesbiana replica: “Entonces, lo esperamos el sábado en la Marcha de las Putas en el Centro de Lima”.

El sábado, Hugo marcha, lentamente, pero con convicción, en el medio de una pequeña multitud. Muchxs jóvenes. Hombres, pero más que todo, mujeres con poca ropa puesta. Su mensaje está claro: “Solo nosotras decidimos sobre nuestro cuerpo, nuestra sexualidad y nuestro futuro”. Hugo está de acuerdo.

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La Marcha Nacional por el Agua fue una apuesta audaz de los cajamarquinos. No se sabía si iban a ser recibidos por los pueblos en el camino hacia Lima. Tampoco si la gente aguantaría, y si en Lima lograrían eco en la sociedad, la política y los medios. Hugo estaba convencido de la importancia de la Marcha. Prácticamente había estado viviendo en Celendín en estos meses, y se había vuelto un hermano mayor para los shilicos. Caminó con la gente, como siempre. Paso por paso. Su cabeza, afectada por
un golpe de policía hace décadas, protegida por un sombrero de paja. Con esa sonrisa eterna en la cara. Sonrisa de la esperanza y de la alegre rebeldía. Hablando en el camino con todos que querían saber algo de él, compartiendo con alegría memorias de sus luchas y de otras.

Nos encontramos en Lima. Lo entrevisto rápidamente. Mi última pregunta: Hugo, ¿por qué a esta edad sigues marchando de esta forma? ¿No has dado ya suficiente de ti al país?”. Hugo contesta: “Si aún estuviera luchando por lo mismo que antes –la justicia social y la tierra- dejaría la lucha a los jóvenes. Pero creo que hoy está en juego la sobrevivencia de mi especie, de la humanidad, y ello me obliga a seguir luchando hasta que termine mi vida”.

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La Plataforma Interinstitucional Celendina llamó a su Escuela de Líderes: Hugo Blanco Galdos. En la primera sesión hay 180 dirigentes provenientes de los distintos distritos de la provincia de Celendín y de otros distritos vecinos. Hay expectativa. La Escuela es importante para fortalecer sus relaciones y crear una agenda más compartida, entre los de arriba y los de abajo. Entre la lucha contra la megaminería y la lucha contra las hidroeléctricas en el río Marañón. También hay expectativa para escuchar a Hugo. Hablar con él. Y efectivamente, Hugo ha venido para compartir y para escuchar. Habla de la lucha por la reforma agraria, de la autodefensa, del Zapatismo y los Nasa, de la necesidad de apoyar la iniciativa de Ni Una Menos en contra de la violencia hacia la mujer. Anima a la gente a hacer su periódico y utilizar la radio. Cada intervención suya encuentra un silencio interesado y un aplauso al final.

En la mística de clausura, las compañeras lideradas por Yeny Cojal representan la cara de Hugo con elementos de la tierra. Le pregunto qué le pareció la Escuela. Me contesta: “Me gustó mucho, porque aprendí mucho de la gente”.

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