Rocio Silva Santisteban * Hugo Blanco

Conocí a Hugo Blanco en los 70, en un programa de televisión llamado “El pueblo quiere saber”, dirigido por una joven y seria Jenny Vásquez Solís. Se trataba de un formato de preguntas cruzadas sobre temas diversos. Esa noche el legendario dirigente campesino cusqueño se presentó con ojotas y un pantalón de drill amarrado con una soga que, a diferencia de los enternados políticos de siempre, causó impacto de inmediato. Mi abuelo, que conocía la historia de Blanco en el Valle de la Convención, me conminó a escucharlo.  Era frontal, directo, no solapaba las preguntas, al contrario, las confrontaba con gran elocuencia. Es que Hugo sabe, como le dijo a su hija Carmen muchos años después, que “el deber de todo revolucionario es ser pedagógico”.
Unos años más tarde, cuando yo cumplí 15, le pedí cargosamente a mi padre que me lleve a la Asamblea Constituyente. Ahí vi a Haya de la Torre, a Luis Alberto Sánchez, pero también nuevamente a Hugo Blanco y otro dirigente troskista de gran personalidad, Ricardo Napurí. El debate, a pesar de ser tenso, tenía un alto nivel de argumentación. En el aire se respiraba un gran respeto por el oponente, con quien se disentía de manera racional y hasta cortés. Blanco era apasionado y terco, pero siempre con los modales de los campesinos cusqueños, escuchando atentamente al otro, para después rebatir. Hoy, a los 82 años, Hugucha Blanco, el niño mestizo hijo de acomodados burgueses, que optó por convertirse, a la manera de Arguedas, en un indio como los demás de Paruro, ha publicado sus memorias en “Nosotros los indios” bajo la edición del PDTG, Lucha indígena y el Centro Bartolomé de las Casas del Cusco.
Blanco escribe muy bien: sus cartas, sus historias, sus recuerdos, tienen la fascinante marca del sentir quechua, con una ternura nunca encontrada en textos de otros políticos peruanos, excepto en algunas cartas de Vallejo y del propio Arguedas.  Hugo Blanco usa el quechuañol para conceptualizar a la naturaleza como ser vivo y entender que el territorio no es solo “una propiedad” para el indígena sino parte misma de su ser. Por eso, por su insistente lucha por la tierra, Hugo Blanco es uno de los pocos dirigentes de izquierda de los setenta, que hoy ha podido dar un giro significativo hacia otra lucha reivindicativa: por el medio ambiente. Blanco lo resume de manera implacable: “antes luchaba por el socialismo, hoy se trata de la lucha por la supervivencia de la especie”.
En el libro podemos encontrar también al Hugo Blanco que reivindica las luchas feministas, aclarando que se trata de combates contra el sistema patriarcal y machista, no contra los varones. En esa misma lógica, sostiene que la batalla de los indios debe ser contra el racismo, no contra el blanco o mestizo. Pucallpa, Bagua, Cajamarca, La Convención, las historias del zapatismo en Chiapas y de los mapuches al sur de Chile acompañan la vida de este político peruano que reivindicó como suya la historia de “los escupidos del escupitajo más sucio”. Por eso aún hoy, entre los cerros de Lares, retumba el grito “tierra o muerte: venceremos”.
* Publicado originalmente en La Republica, en base de la presentación de libro en Lima.

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