La peligrosa legitimación del “fascismo social” en Brasil – MARISTELLA SVAMPA*

El triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil evidenció las limitaciones de los gobiernos populistas latinoamericanos. Podría marcar el inicio de un ciclo social regresivo y un retroceso democrático.

Debates me consulta sobre cómo los gobiernos del Partido de los Trabajadores derivaron en un fenómeno como el de Bolsonaro en Brasil y las consecuencias de que este “agotamiento” de los progresismos latinoamericanos en la región derive en regímenes de extrema derecha.

Voy a hablar primero de la dimensión más política del fenómeno. Siempre digo que los populismos latinoamericanos, que suelen ser progresistas, estatalistas, nacionalistas, son muy ambivalentes . Por un lado, desarrollan políticas de inclusión para con los más desfavorecidos; por el otro, hacen un pacto con el gran capital.

En este marco, se desarrolla una retórica de guerra, avalada por la oposición. Este encasillamiento de la realidad en dos bandos opuestos implicó una tremenda polarización y simplificación del espacio político, que vivimos hasta hoy. Del lado de los progresismos, la polarización produjo una exacerbación de las hipótesis conspirativas: al final todo terminaba siendo culpa del “imperio”, de la derecha o de los grandes medios de comunicación. Toda crítica desde la izquierda ecologista, indígena o clasista era “funcional” a los sectores más concentrados. Lo peor es que no hubo posibilidad de que emergieran nuevas opciones en el campo de la centroizquierda, lo que se agravó con los años, al calor del proceso de concentración del poder en los líderes o lideresas progresistas.

Desde el PT al kirchnerismo, nadie quería competencia en su espacio ideológico, y las nuevas opciones de centro izquierda fueron incapaces de derribar el muro. En el caso del kirchnerismo fue claro: Cristina Fernández eligió como opositor-estrella a Macri, cuando éste estaba lejos de tener chances electorales a nivel nacional. Tampoco hubo lugar para la autocrítica sobre el declive de los progresismos.

Desde los sectores de derecha observamos la demonización de las experiencias progresistas, que hacia el fin de ciclo fueron caracterizadas como “populismos irresponsables”, culpables de haber desperdiciado la bonanza económica asociada al boom de los commodities; y reducidos a una pura matriz de corrupción, frente a escándalos como el Lava Jato en Brasil y los que ya se filtraban en Argentina.

La derecha se vio beneficiada por la polarización, porque con los años los oficialismos progresistas fueron revelando con claridad sus limitaciones, sus déficits y también sus perversiones. Al calor de la crisis económica, fueron licuando su capital político. Al calor de los hechos de corrupción, perdieron credibilidad. Se fueron convirtiendo en regímenes de dominación tradicional.

El fin de ciclo dejó al rey desnudo: al contrario de lo que se pensaba inicialmente, no era tan cierto que la región latinoamericana iba a contramano del resto del planeta. No era tan cierto que se hubieran reducido las desigualdades en América Latina, en realidad, más bien se redujo la pobreza, se aumentó el salario de los trabajadores en blanco, se amplió el consumo, pero todo esto siempre en forma aleatoria y volátil, dependiente de los ciclos económicos. Tampoco hubo reforma tributaria, no se tocaron los intereses de los más poderosos.

Dinámicas de democratización

Hubo, ciertamente, dinámicas de democratización específica. Por ejemplo, el PT impulsó el ingreso de los jóvenes negros y pobres a la universidad pública. Democratizó y “plebeyizó” el sistema universitario. El kirchnerismo amplió los derechos de las llamadas minorías sexuales, incrementó el presupuesto para la educación pública y amplió la jubilación, por ejemplo. Pero por otro lado, tanto el PT como el kirchnerismo pactaron con el gran capital extractivo y, en el caso del PT, también con el financiero. Nunca como antes los sectores concentrados hicieron negocios tan fabulosos. Al final del ciclo, se probaría que en realidad los pobres eran un poco menos pobres, pero los ricos se habían hecho aún más ricos.

Por otra parte, los hechos de corrupción revelaron una trama muy oscura de sobreprecios, de cuentas offshore, de enriquecimientos escandalosos, un sistema a gran escala.

La crisis del sistema democrático en Brasil, de la mano de las delaciones que implicó la caída de la clase política y empresarial, nos devuelve un escenario de descomposición. Aunque no esté probado que Lula se haya quedado con un departamento, y Dilma está lejos de estar implicada directamente en algún hecho de corrupción (ciertamente su desplazamiento fue un golpe de Estado parlamentario), ambos resultan responsables, en tanto máximos representantes del PT y ex jefes de Estado, de haber avalado un sistema de corrupción a gran escala, desde el “Mensalao” (causa por sobornos a parlamentarios a cambio de apoyo político en el Congreso) al Lava Jato (trama de sobreprecios y sobornos de contratistas del Estado a líderes políticos, en especial con fondos de la petrolera estatal Petrobras) junto con el resto de la clase política y empresarial. No se los puede eximir de responsabilidad. Y en eso los oficialismos de izquierda todavía no hicieron la autocrítica.

Temer y Macri se explican en ese escenario de desencanto, de decepción, que refleja una derecha refortalecida, con un lenguaje abiertamente neoempresarial y antipopulista. Una derecha a la que no le tiembla el pulso para reprimir ni para redoblar el ajuste neoliberal y el neoextractivismo en los territorios en disputa. Así, comenzamos a vivir otro clima de época. Los aires progresistas parecen estar cada vez más lejos. Términos que hasta hace poco tiempo parecían expulsados del lenguaje político volvieron a estar en el centro de la agenda. “Mercados, FMI, ajuste, sinceramiento, tarifazos…”.

Ahora bien, hasta ahí tenemos un escenario político más bien latinoamericano, que va diseñando un “consenso antipopulista”, en una lectura lineal, propia de la derecha, que asocia al populismo exclusivamente con la corrupción y el despilfarro.

Y, recordemos, los populismos latinoamericanos del siglo XXI –como dije al principio– no fueron una pura matriz de corrupción, también hubo una dinámica de democratización, ligada a un lenguaje de derechos.

En el plano social

Lo que ocurre con Jair Bolsonaro en Brasil nos pone en alerta, porque de algún modo resitúa a América Latina en el escenario político global, en consonancia con lo que sucede en los Estados Unidos de Donald Trump, con el populismo de derecha, donde converge la xenofobia, el lenguaje antiderechos, con el nacionalismo de extrema derecha; o como es el caso de algunos países europeos, donde se expanden los partidos de extrema derecha.

Sobre lo social entonces…

Si bien es cierto que hay algo del orden de “lo impensable” en esta emergencia de la ultraderecha, que evidencia la fragilidad de los valores democráticos e instala un clima social regresivo, hay que decir que todo esto se nutre de un fascismo social preexistente. Todo esto no sucede de la noche a la mañana, pero una vez que coagulan ciertas dinámicas sociales regresivas puede verse con claridad que estamos frente a otro escenario, muy distinto al anterior. En este sentido, coincido con lo que afirma el ensayista Alejandro Katz, que aquello que antes no era permitido, que era mal visto, que no podía decirse porque era políticamente incorrecto, que era entendido como un gesto antidemocrático, lo que podemos llamar los peores sentimientos, los más arcaicos y primarios, ahora pueden ser dichos abierta e violentamente.

La honestidad brutal y los peores sentimientos priman por sobre los valores de la tolerancia y el reconocimiento del otro. Ese nuevo clima de época, regresivo y prefascista, está buscando una traducción política. En lo político, y más allá del sentimiento antipetista de las clases medias y altas, Bolsonaro expresa ese llamado social a restablecer los valores morales tradicionales y las jerarquías depuestas.

Esto se liga a la acción sostenida de determinados actores, como por ejemplo las iglesias evangelistas, promotores de una visión tradicional de la familia y las relaciones sexuales, que fueron cruciales para el triunfo de Bolsonaro. En Argentina, estas iglesias junto con los llamados sectores “provida”, fueron fundamentales en las movilizaciones contra la legalización del aborto. En Colombia promovieron el rechazo del acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC hace dos años, porque decían que éste impulsaba la “ideología de género”. En Costa Rica hubo un candidato de ultraderecha evangelista y homofóbico que pasó a segunda vuelta, aunque felizmente no ganó.

Odio y desprecio

Este fascismo social manifiesta el odio y el desprecio hacia el/la que es diferente, oponiéndose a ciertas dinámicas de democratización, de ampliación de derechos. Desde abajo se expresa en la defensa de la familia tradicional y sus instituciones, en el apoyo a los discursos punitivistas en relación a la inseguridad (antigarantismo).

Desde arriba se combina el llamado de aquellos que defienden una concepción que bien podría entenderse como una actualización de la doctrina de seguridad nacional, con fuerte presencia de los militares, asociada en lo económico al neoliberalismo. Esa fue la fórmula de la dictadura militar brasileña, un capitalismo autoritario y de índole nacionalista. Esto último sin duda va a afectar aún más el mundo de los trabajadores, al cada vez más amplio universo de los pobres y excluidos, así como al de los movimientos que luchan contra el avance del capital extractivo en los territorios. La Amazonía ya es una frontera de muerte.

No se olviden que América Latina es la región del mundo donde se asesinan mayor cantidad de activistas ambientales, y Brasil es desde el 2015 el país que ha venido encabezando el ranking de asesinatos, precisamente en la frontera amazónica. Es de esperar que, con las declaraciones que hizo Bolsonaro –que lo acercan a Trump en su negacionismo en relación al cambio climático– la situación empeore notablemente. Los movimientos campesinos y socioambientales antiextractivistas, las ONG ambientalistas y los defensores de los derechos humanos están muy amenazados: serán abiertamente considerados como un obstáculo “criminal” que se opone al avance del capital.

Durante doce años vivimos la incomodidad de los populismos progresistas. Pero las conductas ligadas al fascismo social no estaban legitimadas. Hoy la situación es de un gran retroceso. No sabemos hasta dónde puede llegar Bolsonaro, pero no hay que olvidar que es un candidato apoyado por los militares, que buscan recuperar su lugar de poder en la sociedad brasileña. En un contexto marcado por nuevos conflictos sociales, mayor desigualdad, creciente desorganización social, discursos punitivos y crisis de los partidos políticos se va abriendo una peligrosa caja de Pandora que va instalando y legitimando conductas fascistizantes, que durante décadas creímos erradicadas. Así, son diferentes los elementos que van articulando este fascismo social con el neoliberalismo económico, en un escenario que parece anunciar los contornos de una posible guerra social destructiva, en donde se juegan las emociones y sentimientos más primarios de la sociedad. El “fascismo social difuso” –del cual nos hablaba ya años atrás Boaventura de Sousa Santos– comienza a encontrar una traducción política más estable. Muy probablemente éste no se manifieste de la misma forma en todas las sociedades, pero lo cierto es que se vienen tiempos de oscuridad.

*Socióloga, escritora, licenciada en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba, doctora en Sociología por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (Ehess) de París, investigadora principal del Conicet y profesora titular de la Universidad Nacional de La Plata.

———————-

Publicado: 2 de noviembre de 2018 en en portal Río Negro https://www.rionegro.com.ar/debates/la-peligrosa-legitimacion-del-fascismo-social-EG5932017?fbclid=IwAR2NwxLCVCcWadAl4UXQaP7IhUnk3cE1IElWEGhbWFzsEdiPN-6tFKF5TLo

De la resaca del neoextractivismo y los extravíos del progresismo, a los acechos del neofascismo.

Por: Horacio Machado Aráoz

1) ¿Ve una posibilidad de eventual “vuelta” de gobiernos progresistas en Latinoamérica? ¿Qué implicancias o viabilidad tienen estos “modelos” hoy? ¿Se agotó el denominado ciclo progresista?

Independientemente de que no cabría descartar un eventual “regreso” electoral de alguna expresión del progresismo en algunos países (a corto plazo, Argentina o Brasil) e inclusive, más allá de la continuidad de ciertos gobiernos (algunos emblemáticos como el de Evo Morales en Bolivia, otros problemáticos como el de Maduro en Venezuela, y otros tenues o difusos como el del Frente Amplio en Uruguay), considero que el ciclo de los gobiernos progresistas en la región está definitivamente agotado; agotado y fracasado, al menos si hablamos de ellos en términos de sus posibilidades de generar o alentar condiciones de transformación de la dominación capitalista. En esos términos, estamos hablando de experiencias políticas absolutamente fallidas y caducas.

Reafirmando nuestra consideración de que tales gobiernos significaron la continuidad (y hasta la profundización) del neoliberalismo por otros medios, ese eventual regreso estaría más bien enmarcado en las condiciones de inaceptabilidad social y resistencia política a los gobiernos de ultra derecha que se perfilan en la región, pero muy improbablemente constituyan de por sí una bisagra hacia verdaderas alternativas de cambio.

Por lo demás, no hay condiciones macroeconómicas (ni internas ni externas) para intentar cierta re-edición del programa de “crecimiento con inclusión social” que caracterizó a dicho ciclo. Se trata de un programa que dio muestras de resultar estructuralmente perjudicial e inviable. La pretensión de ‘escapar’ de los males estructurales del capitalismo periférico-dependiente a partir de la profundización y aceleración de la matriz primario-exportadora —con el único matiz heterodoxo de una ‘gestión keynesiana’ de la renta extractivista—, se evidencia hoy a todas luces como un absurdo total; precisamente porque esa matriz extractivista es la marca de origen, el ADN constituyente y constitutivo de nuestra dependencia; la más profunda y pesada herencia colonial. Más allá de la retórica propagandística, lejos de procesos de industrialización y recuperación de bases materiales para un desarrollo autónomo, durante el ciclo de los gobiernos progresistas asistimos a la intensificación de una dinámica de re-primarización, extranjerización y ultra-concentración de nuestras economías, lo que nos sumergió en escalones más profundos de integración subordinada y dependiente de la acumulación global. Pretender ignorar los límites y los condicionamientos histórico-estructurales que el capitalismo implica e impone en las economías periférico-dependientes, me parece una ceguera difícil de entender, sobre todo en el siglo XXI, tras tanta inteligencia crítica acumulada por las luchas y las investigaciones sobre la naturaleza y dinámica de nuestras sociedades(1).

Ahora bien, más allá de los impedimentos económicos estructurales, hay que decir que el ciclo progresista está políticamente perimido (al menos, así debiéramos entenderlo). Me parece un total desvarío imaginar un proyecto pretendidamente transformador basado en la expansión del consumo/ismo; confundir socialización y democratización con la ampliación del mercado de consumidores. No se pueden seguir ignorando los efectos que el “crecimiento” tienen sobre la(s) subjetividad(es) y la conciencia colectiva. No se puede desconocer que el crecimiento –incluso, concediendo que haya sido impulsado por la expansión del consumo popular– significa, inexorablemente, la expansión de las relaciones y el imaginario capitalistas, la ampliación de las fronteras de la mercantilización; en definitiva, la profundización de la sujeción y subordinación de la reproducción social de la vida a los imperativos del capital.

Si algo debiéramos aprender del “ciclo progresista” es que ningún proyecto de cambio o de transformación social puede basarse en aspirar a un “capitalismo con rostro humano”, a construir un “capitalismo nacional serio”, basado en la progresiva redistribución igualitaria del ingreso, y suponer que eso permitiría expandir indefinidamente el número de ‘incluidos’ (incluidos en el sistema)… Eso, a nuestro entender, es revivir la vieja fantasía desarrollista que sigue operando como núcleo duro de nuestra condición colonial, como la más difícil y desafiante barrera epistémica y política a superar, para realmente imaginar/proyectar los cambios emancipatorios que precisamos. Justamente, me parece que la frontera política entre un reformismo inconducente y estéril y las alternativas emancipatorias se sitúa entre la línea que separa las políticas de “inclusión”, de las políticas de transición radical hacia otros paradigmas civilizatorios. Necesitamos volver a pensar en términos de revolución y a aspirar a cambios revolucionarios. Pero eso implica también necesariamente revisar y reconceptualizar la idea de revolución. Ésta no puede ya ser pensada como un proceso que se hace desde arriba, y que precisa primero “la toma del poder del Estado”. Necesitamos imaginar el cambio revolucionario, como una profunda migración civilizatoria, que nos permita deconstruir y abandonar el patrón de poder colonial-patriarcal-capitalista en el que, no ya sólo como pueblo o región, sino como especie, estamos sumidos. Un cambio que implica salir-nos de las matrices antropocéntricas, productivistas, urbanocéntricas, de la modernidad/colonialidad hegemónica, a la que una vieja izquierda (y por cierto, el progresismo) sigue apegada.

2) ¿Qué caracterización hace del avance de gobiernos de derechas en los países de Nuestramérica? ¿Se puede hablar de una crisis de esos proyectos en la región y/o del macrismo en la Argentina?

Lamentablemente creo que estamos frente a algo más grave que a un ciclo de gobiernos de ultra-derecha en la región. Las amenazas que afrontamos en este tiempo no se reducen apenas al arribo de personajes nefastos al gobierno (los Macri, los Duque, eventualmente Bolsonaro etc.) y a la aplicación de políticas abiertamente clasistas-racistas-patriarcales. Más que una reacción conservadora desde los gobiernos, estamos ante a un fuerte proceso de fascistización social; una oleada de fascismo social que se extiende no sólo en la región sino también en el mundo (por lo menos, es muy evidente en los países del Norte Global). Como expresión sintomática de la agudización de la crisis civilizatoria en la que estamos inmersos, producto de casi cinco décadas de neoliberalismo, nuestras sociedades están siendo atravesadas por un fuerte proceso de des-humanización y donde las brechas de (in)humanidad entre grupos de clase, de género, étnicos, religiosos se hacen cada vez más marcadas y violentas.

Podríamos decir que el fascismo social tiene que ver con una situación en la que las élites pueden producir una situación de amnesia colectiva sobre los medios (de violencia estructural) que las llevaron a acumular sus privilegios; cuando esos privilegios se ven como ‘mérito propio’, y no como la contracara del despojo de vastas mayorías. Entonces, cuando se invisibilizan los crímenes históricos en base a los cuales se edificaron esos privilegios, además de la impunidad, esos crímenes se naturalizan, se sedimentan en las instituciones, los imaginarios y los cuerpos. Entonces, cuando eso pasa, las injusticias históricas dejan de ser vistas como tales, y pasan a (re)presentarse como posiciones ‘legítimamente ganadas’ por el “esfuerzo” o por el “mérito” propio. La difusión de la ideología meritocrática –por lo menos desde Malthus– alienta una concepción de la sociedad basado en la guerra competitiva de todos contra todos, el darwinismo social; en fin, un imaginario donde lxs despojadxs del mundo, ‘lxs débiles’, lxs incompetentes, resultan un lastre social. Ese imaginario es lo que llamamos propiamente fascismo social: eso legitima y habilita las políticas de “tolerancia cero”, es decir, las políticas despiadadas y de crueldad absoluta contra los pobres, lxs desempleadxs, las mujeres, lxs migrantes, los pueblos originarios, las sexualidades disidentes, en fin, contra toda aquella identidad social que no se avenga a los requerimientos de ‘normalidad’ del sistema.

Ahora bien, por otro lado, no se puede desconocer que este momento está políticamente relacionado con la fase anterior, con los extravíos del ciclo progresista. Sintética y provocativamente podríamos enunciarlo así “siembra (neo)extractivismo y cosecharás (neo)fascismo”, en el sentido que la avanzada extractivista que protagonizaron los gobiernos progresistas –y en base a la cual se financió la expansión desigual del consumo– implicó no sólo la intensificación de la violencia y las políticas de despojo sobre los territorios, sino también el abandono (unilateral) de la lucha de clases. Los gobiernos progresistas asumieron la vía de la conciliación de clases, creyeron posible y/o necesario la articulación con una “burguesía nacional” y alentaron “el ascenso de las clases medias” supuestamente como vía para “sacar a los sectores populares de la pobreza”.

La posterior caída de las cotizaciones de las commodities no sólo desnudó la insostenibilidad económica de esas políticas, sino también el carácter quimérico, ilusorio, de la promesa desarrollista. Las clases medias, las más propensas a aspirar los privilegios de las élites, están a la vanguardia de esta ola neofascista; sus frustraciones se expresan en términos de odio clasista, xenofobia, violencia machista, etc. A ello, hay que agregar la fuerte avanzada del discurso reaccionario de ciertos credos sobre amplias capas de sectores populares, y el estado de desmovilización y/o fragmentación de los movimientos sociales y las organizaciones políticas más combativas. Todo esto configura un cuadro general muy complejo, en el que, por cierto, no cabría descartar posibles crisis de gobernabilidad de los gobiernos de ultraderecha vigentes (más bien, es un horizonte con altas probabilidades). En todo caso, ante el escenario dado, las salidas o alternativas que se pueden llegar a abrir, resultan absolutamente imprevisibles, y no necesariamente positivas.

3) ¿Qué actores sociales y diferentes proyectos políticos aparecen como alternativas al macrismo?

Bueno, acá es necesario diferenciar las alternativas en el terreno electoral, de las que cabría señalar en el campo de los proyectos políticos que se vienen gestando en el campo popular y en la sociedad en su conjunto. En el plano electoral, lamentablemente no veo opciones esperanzadoras. Veo más bien un panorama sombrío que se halla signado por la sobrevivencia fantasmática(2) del ciclo progresista: como “fantasma populista” que tracciona el voto a la derecha(3), y como “fantasía desarrollista” que sigue ilusionando a ciertos sectores populares con un nostálgico retorno a las políticas expansivas, neokeynesianas, como las aplicadas durante el ciclo 2002-2013, en la fase del boom de las commodities.

En esa polarización, el espectro de alternativas ideológico-políticas se estrecha hacia el centro y hacia la derecha, presentándose el progresismo como “de izquierda”, lo cual nos deja entrampados entre una propuesta que promete y aspira a un “Estado social” gestionando mercado en expansión y una “sociedad de consumo de masas” frente a lo que se ve como la configuración de un Estado penal sosteniendo a sangre y fuego la brecha de (in)humanidad entre apropiadores y despojados.

En estos tiempos, de neoliberalismo recargado, el debate electoral está viciado por lo que entendemos como una errónea conceptualización del mismo que lo concibe apenas como un tipo de políticas económicas y de gestión gubernamental centrado en la dualidad Estado vs. Mercado, políticas keynesianas vs. políticas de ajuste, etc. Mientras, en tanto fase histórico-estructural de la acumulación capitalista global, el neoliberalismo avanza independientemente de los ciclos recesivos o expansivos, en su voraz híper-mercantilización de la vida y de las relaciones sociales. En ese marco, lo “más promisorio” que electoralmente pudiera pasar es que se lograra articular una expresión lo más amplia posible de una izquierda popular y anti-capitalista pasible de captar y canalizar el creciente estado de asfixia económica y frustración política de los sectores populares. Pero eso, por ahora, es una expresión de deseo más que una probabilidad fáctica.

Ahora bien, más allá de lo electoral, no se puede desconocer la potencia crítica y transformadora de ciertos movimientos sociales y populares emergentes en el escenario reciente. Me refiero en particular, a la irrupción de la gran oleada feminista que desde el Movimiento Ni Un Menos, hasta las movilizaciones por la legalización del aborto, están poniendo en cuestión un pilar clave del sistema, como el régimen patriarcal. Junto a los feminismos, las diferentes expresiones del ecologismo popular, las organizaciones de trabajadorxs desocupadxs y de la economía social, las entidades campesinas y de pueblos originarios, constituyen las insoslayables bases sociales de cualquier alternativa popular al macrismo, pero también a las versiones probables del progresismo. Más allá de que se logre fraguar (o no) un frente electoral alternativo, en todo caso hay un proceso de acumulación de experiencias de resistencia que oficiará como un contrapoder condicionará el margen de maniobra de éste o futuros gobiernos.

4) ¿Con qué ejes políticos y con quienes debería articularse el movimiento popular para enfrentar a la derecha y poner en pie una alternativa anticapitalista? ¿Podría mencionar medidas y/o propuestas concretas?

Me parece que la potencia política de los sectores populares organizados está en última instancia proporcionalmente relacionada con su autonomía y su creatividad. Desde ese lugar, creo que hay una diversidad de movimientos sociales y populares que han venido construyendo una agenda política realmente valiosa en términos de su radicalidad transformativa. Creo que estos movimientos –a diferencia de las opciones partidarias tanto progresistas como de la izquierda clásica– vienen haciendo aportes sustantivos en la prefiguración de un horizonte postcapitalista, postcolonial y postpatriarcal. En ese sentido hay todo un nuevo lenguaje que se ha venido construyendo y un nuevo imaginario en gestación que parte precisamente de la profunda convicción de la crisis terminal y el fracaso rotundo del modelo civilizatorio de “Occidente”; de la necesidad de trascender el horizonte antropocéntrico, productivista, individualista, desarrollista, urbano-industrialista que desde el sistema se nos presenta como el único horizonte deseable de “bienestar” y de “progreso”.

Si algo tienen en común los feminismos comunitarios latinoamericanos, con las perspectivas del ecologismo popular, las cosmovisiones originarias y campesinas y el ethos de la economía popular, es su convergencia en un horizonte post-desarrollista; el abandono de la idea acrítica de una economía en permanente expansión y de crecimiento infinito, y la revalorización de las economías del cuidado, de la reproducción de la vida, de valorización de las relaciones vitales y de las capacidades humanas; las ideas de sustentabilidad y de cultivo de la sociobiodiversidad y el valor clave del trabajo libre y de la producción social en manos de trabajadorxs libremente asociadxs.

Todo ese imaginario va a contrapelo de las ideas progresistas (y aún de las izquierdas ortodoxas) que tienen como horizonte la “redistribución de la riqueza”; acá estamos ante una gramática que presupone un cambio radical en el sentido social de la riqueza. Las ideas de Buen Vivir, de Derechos de la Naturaleza, de Plurinacionalidad, de Justicia Integral (étnica, genérica, generacional) son algunos de los postulados que tienen un sentido orientativo fundamental en esa transición civilizatoria. Y eso no queda así en un nivel metafísico, pues se ha ido encarnando/territorializando en prácticas concretas que tienen que ver con la producción autogestiva, la defensa de los territorios, la consolidación y ampliación de la agroecología y de desarrollo de las tecnologías sustentables, la estructuración de economías locales y de movimientos en pos de la soberanía alimentaria, la democracia energética y la justicia hídrica y climática. Esos principios, valores ético-políticos que desde las prácticas de re-existencia de nuestros pueblos se han ido gestando, nos parecen los criterios más valiosos que tenemos como orientación hacia un caminar que procura realmente trascender el actual régimen de dominación capitalista-colonial-patriarcal. Esos, a mi modesto entender, deberían ser los ejes fundamentales a no perder de vista en todo proceso de articulación política y construcción colectiva.

5) ¿Qué rol juega la institucionalidad democrática actual en la construcción de alternativas populares?

Es claro que esa institucionalidad, la del constitucionalismo republicano y representativo ha sido diseñado ab initio para restringir las concepciones más radicales de la democracia, para enmarañar y/o limitar en todo caso el ejercicio de la soberanía popular. A esas limitaciones de origen, se han ido sumando un conjunto de factores y problemas harto conocidos(4) que en términos agregados dan como ‘resultado’ no sólo la configuración de modos de gobierno que distan muchísimo de responder a la “voluntad de las mayorías”, sino que más aún están en la raíz de la profunda crisis de legitimidad del sistema y en la ‘despolitización’ de amplios sectores.

Con ello, es claro que esta institucionalidad política constituye un pesado lastre que funciona más como obstáculo que como facilitador de las alternativas populares, emancipatorias, y que avanzar en esa dirección requerirá inexorablemente cambios radicales en las instituciones y en lo que se entienda como sistema de gobierno (cambios que, por cierto, incluyen una transformación sustancial de la forma Estado).

Sin embargo, no podemos desconocer que estamos en un momento muy complicado, en el que las propias limitaciones de la democracia liberal están siendo amenazadas y degradadas. Como en otros momentos de la historia, queda claro que el capitalismo impone un techo taxativo a las aspiraciones de la soberanía popular, pero ni siquiera es capaz de garantizar un piso mínimo de la formalidad democrática: en tiempos de crisis, hasta esa definición minimalista, procedimental, de la democracia se ve amenazada y puede ser suprimida. Este escenario nos pone a la defensiva, en la necesidad de resistir los intentos en curso de perforar más aún el piso de derechos y garantías, aún siendo conscientes de lo extremadamente insuficiente de ese piso. Nos pone –a mi modesto entender– en la necesidad de no descuidar el campo de batallas de lo electoral y del sistema de representación y o pero, al mismo tiempo, no perder de vista que el propio campo de acumulación política pasa por esos otros espacios de construcción de autonomías, imaginarios, territorios/cuerpos practicantes de regímenes otros de relaciones, modos de vida radicalmente alternativas.

Esto último es lo que me parece central. Pues, estamos ante una situación en la que afrontamos la avanzada de una nueva derecha, de una derecha envalentonada, masificada y radicalizada, con las matrices de una vieja izquierda (me refiero a las opciones político-electorales); una izquierda desconcertada y desorientada, que ha perdido la capacidad para ofrecer un horizonte de futuro. Ante ese vacío, es clave la construcción en marcha de las re-existencias desde abajo.

Notas:

(1) Me refiero al hecho elemental de que las teorías sociales latinoamericanas -desde el estructuralismo cepalino a la teoría de la dependencia, abarcando incluso versiones de las teorías de la modernización y por supuesto, las perspectivas descoloniales- han hecho una profunda crítica de los regímenes primario-exportadores como la base de todos nuestros problemas estructurales. En los autores clásicos, según los casos, superar ese modelo era visto como una condición ineludible para superar nuestro “subdesarrollo”, “dependencia” o “condición colonial”. Cabe resaltar también lo de “problemas estructurales”, pues como queda claro en los análisis de autores tan disímiles como Raúl Prebisch, Gino Germani, Cardoso y Faletto, o Florestán Fernandes, Theotonio Dos Santos, Marini, González Casanova, etc., los modelos primario-exportadores no sólo implican limitaciones macroeconómicas, sino que también están en la base del carácter oligárquico de los regímenes políticos, las estructuras de clases tan desiguales y los fenómenos del autoritarismo, el racismo y el colonialismo interno.

(2) Apelo a estas categorías propuestas por Adrián Scribano para dar cuenta de las políticas de regulación de las emociones por las cuales el capital produce condiciones estructurales de soportabilidad social (de la expropiación/opresión) y de coagulación de la acción. Al respecto véase: Scribano, A. (2008) “Fantasmas y fantasías sociales: notas para un homenaje a T.W. Adorno desde Argentina”, Intersticios, Revista de Sociológica de Pensamiento Crítico, http://www.intersticios.es/article/view/2791. También: Scribano, A. (Comp.) (2013) “Teoría social, cuerpos y emociones”, Estudios Sociológicos Editora: http://estudiosociologicos.org/portal/teoria-social-cuerpos-y-emociones/.

(3) Acá hago referencia al uso y abuso hecho por el establishment mediático y gubernamental de los escándalos de corrupción que tiñen las administraciones progresistas, así como también a la debacle de la economía venezonala, y la deriva personalista e incluso autoritaria que se vislumbra en ciertos países (el gobierno de Maduro en la República Bolivariana de Venezuela y el de Daniel Ortega en Nicaragua). Más allá de las operaciones propagandísticas y de manipulación (des)informativa que la derecha ha hecho y hace de estos casos, no se puede desconocer estos problemas ni minimizar la defraudación política que han significado. De hecho, en buena medida, la ola conservadora y reaccionaria que sostiene a los actuales gobiernos de derecha en buena medida se apoya en el rechazo social, electoral a los referentes del progresismo (el sentimiento anti-petista en Brasil, anti-kirchnerista en Argentina, etc.).

(4) Tales como el propio funcionamiento del sistema de partidos; la constitución de una clase política profesional, la burocratización de las fuerzas partidarias; el tema del financiamiento de la política y el rol de las grandes corporaciones en ese aspecto; el papel de los medios masivos y el de las nuevas tecnologías de información que han incrementado enormemente su capacidad de incidencia, manipulación y formación no solo de sentidos sino también de estados de ánimo y emociones colectivas; etc.

Horacio Machado Aráoz: investigador de CONICET. Coordinador del Equipo de Ecología Política del Sur (CIT-Catamarca Conicet– UNCA). Director del Doctorado en Ciencias Humanas, Fac. de Humanidades (UNCA).

—-
Fuente: Publicado el 28 de octubre 2018 por Contrahegemonía: http://contrahegemoniaweb.com.ar/de-la-resaca-del-neoextractivismo-y-los-extravios-del-progresismo-a-los-acechos-del-neofascismo-reflexiones-sobre-la-actual-coyuntura-politica-latinoamericana/

ANTIPROGRESISMO: Un fantasma que recorre América Latina

Por Pablo Stefanoni

Sí, ayer en la primera vuelta ganó, como escribía un corresponsal, un político autoritario, racista, machista, homófobo; una persona que encarna los valores más retrógrados acaricia la Presidencia de Brasil. Obtuvo más votos de los que anticipaban las encuestas, arañó un triunfo en la primera vuelta y tiñó con sus colores casi todo el país, salvo el nordeste. Brasil y América Latina se enfrentan, así, a un nuevo escenario que ya no es solamente el fin del ciclo progresista y su eventual reemplazo por fuerzas de derecha o centroderecha en el marco de la democracia, sino un corrimiento de las fronteras hacia otro terreno: el potencial triunfo en segunda vuelta de un candidato que, mediante una campaña llena de biblias y balas, reivindica abiertamente la dictadura, hace alarde de la violencia y desprecia todos los valores que fundamentan el sistema democrático.

No es solo «un Trump», es un candidato con tintes fascistas en un país con mucha menos solidez institucional que Estados Unidos y que ya vive altas dosis de violencia política. Los resultados de ayer expanden el ya existente bloque parlamentario BBB (buey, biblia, bala, en referencia a terratenientes, pastores evangélicos y ex-integrantes de fuerzas de seguridad) hacia dimensiones hasta hoy desconocidas. Como dice un periodista del El País, la «B» de Bolsonaro los terminó articulando a todos ellos. Y los dejó a las puertas del poder.

La principal razón del crecimiento de Bolsonaro está ligada, para la historiadora Maud Chirio, «a la construcción de la hostilidad hacia el Partido de los Trabajadores (PT) y a la izquierda en general. Esta hostilidad recuerda el anticomunismo de la Guerra Fría: teoría del complot, demonización, asociación entre taras morales y proyecto político condenable. Bolsonaro se apropió de este simbolismo de rechazo, que se sumó a las implicaciones del PT en casos de corrupción. No se trata solo de un desplazamiento de los conservadores hacia la extrema derecha, sino de una adhesión rupturista». Como ya advirtiera el historiador Zeev Sternhell, el fascismo no solo era reacción, sino que era percibido como una forma de revolución, de voluntad de cambio frente a un statu quo en crisis.

No es posible, desde el progresismo, rehuir las responsabilidades por estos años de gobiernos «rosados». Que tanta gente esté dispuesta a votar a un Bolsonaro para evitar que vuelva el PT es en sí mismo un llamado a la reflexión, más aún cuando eso ocurre en las zonas más «modernas» de Brasil, donde nació un partido que enamoró a toda América Latina y hace años que viene perdiendo apoyos. Como expresión de este rechazo, Dilma Rousseff, contra todas las encuestas preelectorales, quedó fuera del Senado en Minas Gerais. Y el PT hizo mucho por debilitar su épica originaria, su integridad moral y su proyecto de futuro. Pero no solo a eso se debe el rechazo.

Como hemos señalado en otra oportunidad, la lucha de clases soft que durante su gobierno mejoró la situación de los de abajo sin quitarles a los de arriba terminó por ser considerada intolerable para las elites. El caso de Brasil confirma que las clases dominantes solo aceptan las reformas si existe una amenaza de «revolución», y la llegada al poder del PT estuvo lejos de la radicalización social; al mismo tiempo, impulsó políticas en favor de los «de abajo» en un país tradicionalmente desigual. En todo caso, la experiencia petista terminó exhibiendo relaciones demasiado estrechas entre el gobierno y una opaca “burguesía nacional” (como frigoríficos o constructoras), que socavaron su proyecto de reforma ética de la política y terminaron por debilitar la moral de sus militantes.

Es decir, el actual rechazo a los partidos progresistas que gobernaron tiene una doble dimensión. En toda América Latina está emergiendo también una nueva derecha que articula un voto que se opone a los aciertos. El racismo como rechazo a una visión racializada de la pobreza, y el conservadurismo contra los avances del feminismo y las minorías sexuales. El crecimiento del evangelismo político y la popularidad de políticos y referentes de opinión que declararon la guerra a lo que llaman «ideología de género» son algunos de los vectores para la expresión política de un antiprogresismo crecientemente virulento.

«Estamos en guerra, estamos a la ofensiva. Ya no a la defensiva. La Iglesia por mucho tiempo ha estado metida en una cueva esperando ver qué hace el enemigo, pero hoy está a la ofensiva, entendiendo que es tiempo de conquistar el territorio, tiempo de tomar posición de los lugares del gobierno, de la educación y de la economía», exclamó en el Centro Mundial de Adoración el pastor evangélico Ronny Chavez Jr. durante la campaña presidencial de Costa Rica, en la que un candidato evangélico pasó a la segunda vuelta en abril de este año. Es cierto, también hay que decirlo, que Rousseff se alió con ellos, pero ahora muchas de estas iglesias, como la Universal, parecen «ir por todo» sin necesidad de pragmáticas alianzas con la izquierda.

Las nuevas extremas derechas atraen, además, parte del voto joven y construyen líderes de opinión con fuerte presencia en las redes sociales. Estos movimientos se presentan incluso como antielitistas, aun cuando –como ocurre con Bolsonaro– su propuesta económica sea ultraliberal y sea apoyada con entusiasmo, en la última fase, por los mercados. Como ha señalado Martín Bergel, ha venido siendo muy eficaz un relato que asocia a la izquierda con los «privilegios» de ciertos grupos, que pueden incluir hasta a los pobres que reciben planes sociales, frente al pueblo que «realmente trabaja y no recibe nada».

El progresismo continental se encuentra así frente a una crisis profunda –política, intelectual y moral–. La catastrófica situación venezolana –difícil de procesar– viene siendo de gran ayuda para las derechas continentales. Por no hablar de los silencios frente a la represión parapolicial en Nicaragua. En este contexto, el reciente llamado de Bernie Sanders a construir una nueva Internacional progresista –que tenga como ejes el rechazo al creciente autoritarismo alrededor del mundo y la lucha contra la desigualdad– resulta tan oportuno como difícil de pensar en una América Latina donde gran parte de las izquierdas se entusiasma con figuras como Vladímir Putin, Bashar al-Asad o Xi Jinping como supuestos contrapesos al Imperio.

A diferencia de encuentros anteriores, cuando las izquierdas constituían fuerzas expansivas en la región, la última reunión del Foro de San Pablo en La Habana en julio pasado estuvo marcada por los discursos centrados en la «resistencia» y el atrincheramiento. El lugar elegido –La Habana– y la presencia de figuras históricas del ala más conservadora del gobierno cubano contribuyeron a un repliegue ideológico en un discurso antiimperialista cargado de nostalgia hacia la figura del fallecido comandante Fidel Castro y sin espacios para un análisis reflexivo de las experiencias –y retrocesos– de estos años. La defensa cerrada de Nicolás Maduro y Daniel Ortega fue la consecuencia lógica de esa deriva. Pero recuperar las capacidades expansivas requiere salir de las zonas de confort ideológicas y de la autovictimización.

Parafraseando una expresión francesa respecto a su propia extrema derecha, Bolsonaro logró «desdiabolizarse». Y de ganar el balotaje, no estará solo en el mundo. Al mismo tiempo, nadie en la región –en medio de los retrocesos integradores– será capaz de ponerle límites. Un triunfo del ex-capitán sería uno de los mayores retrocesos democráticos desde las dictaduras militares de los años 70, sin que hoy podamos anticipar las consecuencias. La imagen de un votante que se firmó apretando los botones de la urna electrónica con el cañón de un revolver  –obviamente votando en favor de Bolsonaro– fue una de las postales de una jornada que no anticipa nada bueno para Brasil ni América Latina.

Artículo publicado originalmente en: https://www.aporrea.org/internacionales/a270281.html

EL MEJOR CAMINO QUE HOY PODEMOS ENCONTRAR ES EL TENER UN TERRITORIO PROPIO Y AUTOGOBERNARSE por Raúl Zibechi

Ni se propusieron tocar la riqueza, hacer una reforma urbana para que la ciudad tenga un acceso más igualitario, no hicieron reformas agrarias, ni impositivas, no tocaron los grandes privilegios.

Entrevista originalmente realizada para Diario UNO y El Gran Angular.

Por: Andrés Alviar Zevallos

¿Por qué y cómo es que se cambia el mundo desde arriba?

Las élites, tanto de derecha como de izquierda, siempre han tenido la tentación de operar desde arriba. Creen que la forma de ver y de transformar cualquier aspecto de la vida es desde el aparato estatal, desde los poderes jerárquicos, ya sean laicos o religiosos. Es una forma ancestral de ver el mundo que nace con la historia de la humanidad.

¿Cuáles son los límites de esto?

El principal límite de esa forma de actuar es que es un modo de imposición de los cambios, sean conservadores o progresistas, regresivos o incluso que se proponen ser emancipatorios. Por definición, la emancipación no puede venir de arriba, de un decreto, o de una decisión gubernamental, proviene de la interacción cotidiana entre los seres humanos. Cuando se ordena el bien desde arriba, aunque a veces parece que las personas lo apoyan, termina siendo una imposición y naturalmente las personas resisten las imposiciones.

En el sentido del progresismo que ha sido incrustado por las izquierdas de Latinoamérica, ¿cuál sería su mayor crítica?

La década y media de progresismo que hemos tenido en América Latina no ha producido cambios estructurales. Mejoró la situación de los más pobres a través de transferencias monetarias y de políticas focalizadas contra la pobreza en la línea del Banco Mundial, pero no consiguieron ni se propusieron tocar la riqueza, hacer una reforma urbana para que la ciudad tenga un acceso más igualitario, no hicieron reformas agrarias, ni impositivas, no tocaron los grandes privilegios. Al no hacerlo cuando la coyuntura económica favorecía, han caído los precios de las commodities y las materias primas, y volvemos a una situación de ajuste, de reducción del gasto y, por lo tanto, de limitación de esas políticas. La única forma que hay para empezar a combatir las desigualdades reales es afectar a la riqueza y no hay la menor intención de hacerlo porque sería desatar un conflicto social que los progresismos están lejos de desear.

Tampoco están preparados…

No están preparados política ni anímicamente porque lo que han querido es instalarse en el gobierno, en los cargos altos, y desde allí gestionar el Estado sin transformarlo.

¿Cuál ha sido el lugar de los movimientos sociales en estos últimos años? ¿Cómo cambiar el Estado y el mundo desde abajo?

El Estado, primero que nada, es una herencia colonial que, como planteaba Aníbal Quijano, se construyó sobre la base de la desigualdad étnico-racial, sexual, etcétera.  Ese Estado colonial se ve reforzado por un modelo extractivo que no hace más que generar profundización de los rasgos autoritarios y coloniales del Estado con nuevos autores como el narcotráfico y la corrupción que se incrustan en el viejo Estado colonial. Entonces, lejos de una democratización estamos caminando hacia Estados cada vez más autoritarios. En el Perú, la corrupción y la podredumbre del aparato estatal no dependen de tal o cual presidente. Puede que haya alguno que pueda empeorar o mejorar las cosas un poco, pero el núcleo, que es un Estado corrupto, colonial, opresivo, no cambia en función de quién sea el gobernante.

La única forma de cambiar el mundo es desde la sociedad. ¿Cómo cambian el mundo los movimientos? Puedo dar dos ejemplos, uno muy claro son las mujeres. Cualquiera puede consultar con su abuelita cómo vivían las mujeres hace cincuenta o sesenta años y cómo viven hoy. Ese cambio en el lugar de las mujeres en la sociedad no se debe a un decreto o a una nueva legislación, sino se debe a que las mujeres empezaron a cambiar su actitud y adquirir fuerza, autoestima, orgullo de ser mujeres, desde la cocina de la casa, hasta el espacio público y las instituciones como el Parlamento, en todo lo que es la vida privada, la escuela, el barrio, la plaza, la familia, el trabajo, el mercado, las mujeres han ido adquiriendo una autoestima muy grande, eso que se llama “empoderamiento”. ¿Y cómo lo han hecho? Pues haciéndolo. Al principio, hace treinta años, las pocas mujeres que se atrevían a hablar en voz alta eran miradas como algo extraño. Hoy son un actor fundamental en el mundo, y ya nadie puede dudar que los movimientos de mujeres están cambiando el mundo. El otro actor que ha hecho más o menos el mismo proceso en el mismo tiempo son los pueblos indígenas. Se revaloriza su cultura, su identidad, y los empezamos a ver de otra manera. Son dos ejemplos muy claros de cómo se cambia el mundo desde la sociedad.

Estamos en un nuevo contexto después de quince años de progresismo, ¿cómo ve el escenario político en donde el conservadurismo y el extractivismo están empoderados?

Veo un escenario muy complejo por muchas razones. Una, en el mundo aparece un debilitamiento de los Estados Unidos con figuras como Trump, que revela la crisis y la falta de norte del país, con una emergencia fuerte de Asia y de China como actor fundamental, que ya se venía hablando hace una década, pero hoy es más claro. Tenemos potencias como la Unión Europea que no aciertan a cómo ubicarse en este mapa con un conflicto serio con Rusia, y en América Latina hubo un periodo en el cual una gran parte de las élites políticas, incluso económicas, aspiraron a tener cierta autonomía de los Estados Unidos, no obstante, pasaron a no saber realmente dónde se posicionan, porque, aunque algunos miran con cercanía a Estados Unidos, qué sería de nuestros países si no exportaran a China, a donde va el grueso de nuestra producción.

Lo que tienen muy claro las élites es que los pueblos son un peligro, entonces se han vuelto más conservadoras, intolerantes y autoritarias. Ya nadie duda que hay una triple alianza entre empresarios, el narcotráfico y el aparato estatal. El narcotráfico está trenzado con una parte fundamental del aparato estatal: los aparatos armados y la Justicia. Para el narcotráfico es muy importante el territorio porque es en donde hacen sus negocios, así también el control de los puertos y los aeropuertos. En México hay un dicho de que los narcos dicen “nosotros apoyamos a cualquier partido que gane, de derecha, de izquierda, no nos importa, pero el jefe de policía lo nombramos nosotros”. Esa es una línea roja que el narcotráfico no permite que se pase, pero a su vez empieza a trabajar en defensa de los grandes emprendimientos minero-energéticos y a tener alianzas con las iglesias evangélicas y pentecostales. Hoy estamos ante una reconfiguración de los poderes con esta fuerza que ha adquirido el narcotráfico y eso lo lleva a una actitud cada vez más antipopular. Lo que todos tienen claro, pentecostales, empresarios, narcos y aparato estatal, es que los sectores populares hay que mantenerlos esclavizados y como en la vieja hacienda, a raya, fuertemente controlados. Estamos llegando a un nuevo tipo de Estado profundamente autoritario, se puede votar, pero democracia, eso no existe.

Desde los pueblos indígenas se plantean los gobiernos autónomos, ¿cree que es una alternativa para luchar contra el narcotráfico, la tala indiscriminada, y la violencia estatal?

El caso de las autonomías Wampís, por ejemplo, yo creo que sí, pero con un par de características. Una, creo que el mejor camino que hoy podemos encontrar es el tener un territorio propio y autogobernarse controlando ese territorio. Si el Estado o algún gobierno nacional, regional o municipal nos apoyara en esa autonomía, sería maravilloso. Lo segundo es que no hay camino sin conflicto. Al mantener un control territorial, no solo de las empresas, sino del narcotráfico y demás negocios ilegales, evidentemente va a haber conflicto. No queremos que sea un conflicto violento y para eso apostamos a la masividad de la organización comunitaria y social para enfrentarlos.

Exactamente como se ha hecho en Conga, Máxima Acuña y todas las personas y comunidades que la han rodeado han conseguido, en los hechos, paralizar Conga sin disparar un tiro, sin tener armas, con la masividad. Ahora, esto es un proceso muy difícil, muy lento y que requiere la convicción y la decisión comunitaria. No de un líder, un partido, ni de una comunidad, sino de un conjunto, porque solo la masificación de las resistencias puede permitir que estas autonomías y que los movimientos sean respetados. No alcanza con una manifestación o varias manifestaciones. Hace falta algo mucho más enraizado en la tierra, por eso hablamos de comunidad, porque la comunidad es la que está en el territorio. Y la comunidad no admite que los partidos la gobiernen, es la decisión asamblearia la que toma las decisiones y la que los sostiene. Ese es un camino que no es teórico, es lo que nos están enseñando los pueblos.

¿Cuál cree que es el punto de encuentro entre la obra de Aníbal Quijano y “Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías”?

Aníbal Quijano ha conseguido formular algunas ideas muy importantes para comprender los movimientos sociales y para potenciar la acción social, ideas sobre la heterogeneidad de nuestros pueblos, de nuestras historias respecto al eurocentrismo, y eso nos lleva a pensar con cabeza propia, sin trasladar ideas del marxismo, el anarquismo, la social democracia o del conservadurismo, ideas europeas, sino a tenerlas en cuenta porque algunas son interesantes, pero en base a nuestras realidades construir lo nuevo. Para poner un ejemplo concreto: la idea del socialismo europeo es que su fuerza motriz era la clase obrera asalariada, pero Aníbal dice “en América Latina no hay solo salario, hay cinco formas de relación laboral”. Una de ellas, la reciprocidad, es fundamental en el mundo andino, el amazónico, e incluso en las ciudades y periferias urbanas, sin reciprocidad no existiría Villa El Salvador.

¿Cómo se construye sociedad, movimiento popular, mundos nuevos, el nombre que le queramos poner, ya no desde el salario sino, por ejemplo, desde la reciprocidad? El salario ha dado origen al sindicato, al partido que interactúa con el Estado. Bueno, ¿qué figuras nacen de la reciprocidad? La comunidad, ¿y qué más? Ahí estamos en un debate que nos tiene que llevar, alumbrados por las ideas de Aníbal Quijano, a crear cosas nuevas. Mariátegui decía “no será copia ni calco lo que luchamos, sino creación, creación heroica”. Entonces, yo creo que José Carlos Mariátegui, José María Arguedas, y Aníbal Quijano, tres grandes peruanos que dialogan entre sí, van en una misma dirección, no repetir sino crear, buscar en la realidad peruana las llaves de nuestra emancipación.

Versión editada publicada en: http://bit.ly/2wsjjJd

Entrevista de Iván Bustillos a Alberto Acosta “HACEMOS LO QUE NO HACEN LOS GOBIERNOS”

Los gobernantes hablan, pero no actúan, proponen pero no hacen; nosotros hacemos, no vamos a esperar a que los gobernantes se pongan de acuerdo.

Publicado originalmente en el diario La Razón. La Paz, Bolivia.

Por: Iván Bustillos

¿La existencia de un tribunal ético no está mostrando la inexistencia de uno oficial y vinculante?

Naturalmente se trata de un debate. El Gobierno acusó al denominado Tribunal Internacional de Defensa de la Naturaleza que visitó el TIPNIS de ser solo parte de una red de ONG; que no es un verdadero tribunal porque no fue constituido por una instancia de Naciones Unidas o de la OEA. El tema es si hay o habrá dicha instancia. Hasta donde se conoce, la propuesta de crear un tribunal internacional (idea nacida en Tiquipaya) no se materializó en ningún ámbito oficial internacional; mal que bien, los activistas de este tribunal afirman que ellos tomaron dicha bandera y decidieron llevarla a la práctica. Otra es la discusión de si es más o menos efectivo o legítimo.

— ‘Tribunal’ de ONG o de organismo oficial. ¿No está revelando esto un problema más de fondo en la lucha medioambiental?

— El hecho de haber establecido los derechos de la naturaleza en la Constitución de Ecuador en 2008, el que se haya convocado una Cumbre de la Tierra en Tiquipaya, Cochabamba, en 2010, y que la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra sea la Ley 71 en Bolivia, no significa que esos derechos ya se van a cumplir, que podamos esperar que los gobernantes actúen y eso se cumpla. Tenemos que organizarlos desde la sociedad civil, y eso es lo que está en marcha actualmente.

— Para el Gobierno, no hay ‘tribunal’ precisamente porque no proviene de organismo internacional, la ONU o la OEA…

— Es que ese no es el tema. Nosotros no somos un tribunal formal, que dependa de Naciones Unidas o de algún organismo internacional, tampoco de las ONG y de gobierno alguno; nuestro tribunal está conformado por personas provenientes de todos los continentes, que tienen una trayectoria limpia, de respeto a los derechos humanos y a los de la naturaleza, y que están enfrentando el reto de poner en marcha lo que los gobernantes no pueden hacer. Los gobernantes hablan, pero no actúan, proponen pero no hacen; nosotros hacemos, no vamos a esperar a que los gobernantes se pongan de acuerdo.

— ¿En qué está en la ONU la Declaración Universal de los Derechos de la Madre Tierra aprobada en Tiquipaya? ¿Qué más se hizo aparte de declarar el Día de la Madre Tierra?

— Naciones Unidas no avanza más; tampoco podemos esperar que ésta sea algo diferente a sus partes, el todo se conforma de las partes, los gobiernos. El gobierno de Evo Morales no solo que organizó esa Cumbre de la Tierra, sino que consiguió que se declare que el agua es un derecho humano fundamental, en julio de 2010, pero eso no prospera; Naciones Unidas puede ser un ámbito importante para estos debates, yo no minimizo su papel, pero no avanza más allá. ¿Cuál es la realidad de las cumbres del cambio climático? Se sigue discutiendo, pero se sigue avanzando en la mercantilización de la tierra: la economía verde, el capitalismo verde, se habla de que todo es sustentable, que puede haber carreteras ecológicas, lo cual es una aberración y una mentira.

— ¿O sea, por lo menos por ahora, no puede esperarse un tribunal desde ahí…?

— Sería lo ideal, pero eso no es así. Menos mal que sí hay respuestas concretas; mire usted la respuesta de los pueblos y nacionalidades indígenas; ellos están actuando. Frente al cambio climático, ¿cuáles son este rato los proyectos más importantes en el planeta? La vida de los pueblos indígenas, sus luchas de resistencia, la protección que hacen de los bosques, del agua, del mar, de la Loma Santa en el TIPNIS; son acciones concretas para prevenir y enfrentar el cambio climático; por eso, en primer lugar hay que respetar a los pueblos indígenas, fortalecerlos y potenciar su trabajo y sensibilizar a la opinión pública.

— ¿Por qué ustedes se llaman tribunal? ¿No es un exceso?  

— No es un exceso. Este tribunal observa, analiza y juzga. Hay experiencias en la historia, tribunales éticos muy importantes: el Tribunal Russell, por ejemplo, para sancionar los delitos cometidos por el imperialismo norteamericano en Vietnam y Camboya; de esta experiencia surgió el Tribunal Permanente de los Pueblos, y eso ya funciona décadas, y es un tribunal ético; no tiene respaldo de ningún gobierno. Ahora, la sociedad civil puede organizarse como quiera. Lo relevante es que este tribunal surge desde la sociedad civil, su compromiso es con la sociedad civil; no-sotros hacemos la defensa de los derechos de la Madre Tierra inspirados en Tiquipaya, en la Constitución del Ecuador, pero en el marco de la acción de la sociedad civil en toda sociedad democrática.

— ¿Qué es esta Alianza Global (Global Alliance for the Rights of Nature) que cobija al tribunal?

— La Alianza Global es como decir una organización que nos da el soporte técnico y logístico.

— ¿Y esto de ser parte solo de una red de ONG?

— Yo le preguntaría al Ministro de Gobierno (Carlos Romero) si él no trabajó años en una ONG, a la Ministra de Medioambiente; quién de nosotros no ha trabajado en una ONG. Las ONG son espacios de la sociedad civil; lo que llama la atención es que ahora esas ONG resulten incómodas a los gobernantes que provienen de las ONG.

— ¿Cómo trabajan ustedes como tribunal medioambiental?

— Nosotros analizamos un caso, escuchamos las opiniones y las experiencias de la gente que vive en el lugar. El caso del Yasuní en Ecuador, por ejemplo, lo analizamos a través de peritos, gente que conoce sobre biodiversidad, sobre la cantidad de agua y las potencialidades de la zona; luego se escucha a personas que viven en la zona; también se pregunta a otros expertos sobre cuáles podrían ser las afectaciones; nosotros recibimos esa información y la dejamos para que el tribunal analice la situación y adopte una sentencia, también hacemos opiniones consultivas y recomendaciones. Clave de nuestro trabajo es ver siempre unidos los derechos humanos y los derechos de la naturaleza.

— El ‘caso boliviano’. ¿Quién les ha invitado y de cómo se llegó a su retención en el Conisur?

— Nosotros recibimos una invitación de la Subcentral Indígena del TIPNIS presidida por Fabián Gil y Marqueza Teco. Ellos fueron a Alemania; nosotros estábamos sesionando durante la cumbre del cambio climático en noviembre de 2017; llegó esta delegación que nos pidió que incorporemos su preocupación por el TIPNIS. Tratándose de un caso especial, de relevancia internacional, y tratándose de Bolivia, por respeto al gran promotor de la idea del tribunal, de la Declaración de los Derechos de la Madre Tierra, venimos a preguntarle acá: ‘esto nos han dicho y nos invitan a conocer el territorio’; por eso pedimos una reunión con el presidente Evo Morales; nosotros no sorprendimos al Gobierno boliviano, no entramos de turistas, como dijo el Ministro de Gobierno. Teníamos una invitación de la subcentral indígena del TIPNIS, que ahora es desconocida por el Gobierno, eso nos enteramos ahora, pero ese ya es otro problema. Luego, los del Conisur se enteraron de que nosotros íbamos a venir, invitados por esa subcentral, y dijeron que nos invitaban para que estemos en el Polígono 7; por eso fuimos allá, no para atropellar a nadie. Nos invitaron para el 17 y 18 de agosto, pero fue justo cuando estábamos en Trinidadcito; resolvimos ir el 19, y sabían que íbamos el 19, por eso estaban bloqueando la carretera. No era nada secreto, no estábamos atropellando ni los usos y costumbres de los pueblos indígenas, ni las decisiones de sus organizaciones; nuestro afán era únicamente ir a conocer la realidad, a conversar; claro, en Trinidadcito nos abrieron la puerta, aquí nos la cerraron; la pregunta es por qué.

 Ellos iban a dar su versión de las denuncias echas por otros indígenas, según parece.

— Ellos dicen que nos invitan porque quieren que el tribunal esté presente para desmentir las supuestas violaciones a los derechos de la Madre Tierra. Si no querían que entremos, era fácil que nos digan ‘no entren’, y nos permitan salir; estuvimos casi seis horas detenidos allí. Esto es algo que no es comprensible. También vi que había mala información: no nos permitían hablar con nadie, había un señor de chaleco amarillo que reclamaba a los compañeros y compañeras que querían hablar conmigo; le hable a una señora, y ella me dijo que estaba muy molesta porque nosotros venimos a que se bote el puente Isinuta; pero esa no era nuestra misión, les habían desinformado.

— El ministro Romero les cuestionó llamarse tribunal, dijo luego a los medios…

— Él no quiere reconocer el tribunal, está bien, no tiene que hacerlo, no queremos que lo reconozca, solo que nos respeten, que nos permitan movilizarnos libremente para conseguir la información.

— ¿Qué sigue ahora?

— Nosotros haremos el informe, lo entregaremos a fines de septiembre, cuando haya el gran encuentro por los 10 años de los Derechos de la naturaleza en Quito, derechos incluidos en la Constitución ecuatoriana, aprobada el 28 de septiembre de 2008. Un gran encuentro internacional, de muchas personalidades, y ahí les vamos hablar; los incidentes son para la anécdota, pero el tema de fondo son las afectaciones a la Madre Tierra y a sus defensores y defensoras.

Alberto Acosta Espinosa

Una idea en que hace mucho énfasis el exconstituyente ecuatoriano es la intrínseca relación entre sociedad y naturaleza, como las dos caras de una misma moneda: no hay justicia social sin justicia ecológica, y no hay justicia ecológica sin justicia social

Nació: 21 de julio de 1948, en Quito, Ecuador. Profesión: Economista. Ocupación: Miembro del Tribunal Permanente de Derechos de la Naturaleza.

Fue presidente de la Asamblea Constituyente de Ecuador (2007-2008), ministro de Energía y Minas en el gobierno de Rafael Correa, de quien se apartó luego.

Foto de portada: Pedro Laguna.

Notas sobre el Homenaje a Aníbal Quijano y el 15 aniversario de Tejiendo Saberes PDTG

En el marco de nuestro 15 aniversario, realizamos el IX Diálogo de Saberes y Movimientos rindiendo un merecido homenaje al sociólogo e intelectual Aníbal Quijano, en el evento “Nuestra América en disputa: Colonialidad del Poder 20 años después”,  que congregó a líderes/as sociales e intelectuales peruanos y latinoamericanos, como: Horacio Machado, Raúl Zibechi y Maristella Svampa, quienes presentaron sus últimas investigaciones y destacaron el pensamiento latinoamericanista de Quijano.

Para la investigadora argentina Maristella Svampa los aportes de Aníbal Quijano al pensamiento latinoamericano tienen dos etapas: la marginalidad, que Quijano llamó el polo marginal, que estaba ligado a la estructura económica, que no eran ni indígenas ni campesinos, ni obreros, sino eran marginales, que estaban en la periferia de las ciudades, que eran amplios sectores despojados; que fue uno de los grandes problemas que recorrió el pensamiento latinoamericano en los años 60 y 70.  El segundo aporte es el de la colonialidad del poder, que hoy atraviesa  el pensamiento crítico latinoamericano. “Quijano no era un intelectual alejado de las luchas sociales, él acompañó a los sectores subalternos y desde esta categoría de decolonialidad, que corre el riesgo de ser vaciada de su potencialidad crítica, buscó iluminar las dimensiones en la configuración del poder, que desde una perspectiva eurocéntrica, pero también desde América Latina, se estaban invisibilizando”.

El periodista, Raúl Zibechi (Uruguay) enfatiza en el planteamiento de Quijano, que no se podrán hacer cambios importantes en las sociedades latinoamericanas mientras sigamos aplicando un modelo eurocéntrico. “Aníbal nos plantea una serie de cuestiones bien importantes sobre la teoría revolucionaria, tenemos que inventarla, no podemos trasladar mecánicamente planteamientos revolucionarios de corte eurocéntricos pensados para otras realidades”, dice Zibechi.

Sus diversos aportes a la academia y teoría política peruana marcaron un hito en la conceptualización sobre la descolonización según afirma Horacio Machado (Argentina): “El pensamiento de Aníbal Quijano debería estimularnos a descolonizar nuestra sensibilidad vital para poder recuperar la sabiduría ancestral de los pueblos que están luchando por el agua, su territorio y la vida”.

Los tres intelectuales han editado y presentado sus libros junto con el PDTG, y recogen los diversos aportes de Quijano y los desarrollan desde distintas perspectivas. Horacio Machado (Argentina), presentó el libro “Potosí, el origen. Genealogía de la minería contemporánea”.  El libro presenta el comienzo de la explotación a mediados del siglo XVI en Potosí, Bolivia, que con su riqueza natural, sostuvo el establecimiento de la riqueza europea y la modernidad, al mismo tiempo que cambiaba las bases fundamentales del mundo moderno capitalista, colonial y patriarcal. Potosí no sólo habría sido importante para el reino de España, sino el primer centro geopolítico y económico del planeta. Según el texto, la construcción del capitalismo a sangre y fuego con la mita y la encomienda selló una forma de desarrollo económico capitalista mineral que se mantiene hasta nuestros días.

Raúl Zibechi presentó el libro “Entre la emancipación y el colapso sistémico: Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías”, el cual se concentró en los movimientos sociales y sus transformaciones actuales con una apuesta a la construcción de autonomía como proceso emancipatorio con una crítica clara a las estrategias estadocéntricas y su impacto en los movimientos quitándoles contenido y fuerza. El autor plantea que estos movimientos plurales tienen luchas dinámicas decoloniales y que nos encontraríamos ante lo que podríamos llamar la 4ta guerra mundial, aquella que se trata de los de arriba contra los de abajo.

Maristella, en su texto “Debates latinoamericanos. Indianismo, dependencia, desarrollo, populismo”, hace una fascinante recuperación de los debates dados en el siglo pasado, que marcaron la tradición más rica del pensamiento crítico latinoamericano. Así como los dos anteriores, este libro contiene desde su análisis la importancia de la subjetividad en los procesos de la normalización de la opresión. En su caso representa una pérdida del lenguaje emancipatorio y una pérdida de la democracia.

En nuestro 15 aniversario y IX Diálogo de Saberes y Movimientos quisimos rendir homenaje a Aníbal Quijano por sus enseñanzas como intelectual y, sobre todo, como ser político comprometido con sus ideales y con el deseo de construir un mundo más justo y humano.

Entrevista a Raúl Zibechi en Diario UNO

Por: Andrés Alviar Zevallos

“ESTAMOS CAMINANDO HACIA ESTADOS CADA VEZ MÁS AUTORITARIOS”

Raúl Zibechi, periodista, pensador y activista militante uruguayo vino al Perú para homenajear al reconocido pensador peruano Aníbal Quijano y para presentar su libro “Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías”. Para Zibechi, no es posible reformar las sociedades latinoamericanas desde las élites o guiados por pensamientos eurocéntricos, el reto es aprender y construir desde los movimientos y sectores populares.

—¿Qué críticas tienes a los gobiernos progresistas que ha tenido América Latina?

—La década y media de progresismo que hemos tenido en América Latina no ha producido cambios estructurales. Mejoró la situación de los más pobres a través de transferencias monetarias y de políticas focalizadas contra la pobreza en la línea del Banco Mundial, pero no consiguieron ni se propusieron tocar la riqueza, hacer una reforma urbana para que la ciudad tenga un acceso más igualitario, no hicieron reformas agrarias, ni impositivas, no tocaron los grandes privilegios. Al no hacerlo cuando la coyuntura económica favorecía, han caído los precios de las commodities y las materias primas, y volvemos a una situación de ajuste, de reducción del gasto y, por lo tanto, de limitación de esas políticas. La única forma que hay para empezar a combatir las desigualdades reales es afectar a la riqueza y no hay la menor intención de hacerlo porque sería desatar un conflicto social que los progresismos están lejos de desear.

—Tampoco están preparados…

—No están preparados política ni anímicamente porque lo que han querido es instalarse en el gobierno, en los altos cargos, y desde allí gestionar el Estado sin transformarlo.

—¿Cuál ha sido el lugar de los movimientos sociales en estos últimos años y cómo cambiar el Estado y el mundo desde abajo?

—El Estado, primero que nada, es una herencia colonial que se ve reforzado por un modelo extractivo que no hace más que generar profundización de los rasgos autoritarios y coloniales del Estado, con nuevos actores como el narcotráfico y la corrupción que se incrustan en el viejo Estado colonial. Entonces, lejos de una democratización estamos caminando hacia Estados cada vez más autoritarios. En el Perú, la corrupción y la podredumbre del aparato estatal no dependen de tal o cual presidente. Puede que haya alguno que pueda empeorar o mejorar las cosas, pero el núcleo, que es un Estado corrupto, colonial, opresivo, no cambia en función de quién sea el gobernante.

La única forma de cambiar el mundo es desde la sociedad. ¿Cómo cambian el mundo los movimientos? Puedo dar dos ejemplos, uno muy claro son las mujeres. Hace treinta años, las pocas mujeres que se atrevían a hablar en voz alta eran miradas como algo extraño. Hoy son un actor fundamental en el mundo, y ya nadie puede dudar que los movimientos de mujeres están cambiando el mundo. El otro actor que ha hecho más o menos el mismo proceso en el mismo tiempo son los pueblos indígenas, tanto los andinos como los amazónicos. Se revaloriza su cultura, su identidad, y los empezamos a ver de otra manera. Son dos ejemplos muy claros de cómo se cambia el mundo desde la sociedad.

—Estamos en un nuevo contexto después de quince años de progresismo, ¿cómo ve el escenario político en donde el conservadurismo y el extractivismo están empoderados?

—Veo un escenario muy complejo por muchas razones. Una, en el mundo aparece un debilitamiento de los Estados Unidos con figuras como Trump, que revela la crisis y la falta de norte del país, con una emergencia fuerte de Asia y de China como actor fundamental, que ya se venía hablando hace una década, pero hoy es más claro. Tenemos potencias como la Unión Europea que no aciertan a cómo ubicarse en este mapa con un conflicto serio con Rusia, y en América Latina hubo un periodo en el cual una gran parte de las élites políticas, incluso económicas, aspiraron a tener cierta autonomía de los Estados Unidos, no obstante, pasaron a no saber realmente dónde se posicionan, porque, aunque algunos miran con cercanía a Estados Unidos, qué sería de nuestros países si no exportaran a China, a donde va el grueso de nuestra producción.

Lo que tienen muy claro las élites es que los pueblos son un peligro, entonces se han vuelto más conservadoras, intolerantes y autoritarias. Lo que todos tienen claro, pentecostales, empresarios, narcos y aparato estatal, es que a los sectores populares hay que mantenerlos esclavizados como en la vieja hacienda, a raya, fuertemente controlados. Estamos llegando a un nuevo tipo de Estado profundamente autoritario, se puede votar, pero democracia, eso no existe.

Movimientos sociales y para potenciar acción social

—¿Cuál es el punto de encuentro entre la obra de Aníbal Quijano y “Descolonizar el pensamiento crítico y las rebeldías”?

—Aníbal Quijano ha conseguido formular algunas ideas muy importantes para comprender los movimientos sociales y para potenciar la acción social, ideas sobre la heterogeneidad de nuestros pueblos, de nuestras historias respecto al eurocentrismo, y eso nos lleva a pensar con cabeza propia, sin trasladar ideas del marxismo, el anarquismo, la social democracia o del conservadurismo, ideas europeas, sino a tenerlas en cuenta porque algunas son interesantes, pero en base a nuestras realidades construir lo nuevo. Para poner un ejemplo concreto: la idea del socialismo europeo es que su fuerza motriz era la clase obrera asalariada, pero Aníbal dice “en América Latina no hay solo salario, hay cinco formas de relación laboral”. Una de ellas, la reciprocidad, es fundamental en el mundo andino, el amazónico, e incluso en las ciudades y periferias urbanas, sin reciprocidad no existiría Villa El Salvador.

Publicado en: DIARIO UNO el 29 de julio de 2018.

Es hora de actuar: Reforma integral del sistema de justicia y destitución y sanción a implicados en tráfico de influencias y corrupción

En los últimos días el país ha asistido al escándalo de cuotas de poder, tráfico de influencias y hechos de corrupción que comprometen al Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), la Corte Suprema de Justicia y la Corte Superior del Callao, se ha revelado así una de las más graves crisis del Sistema de Justicia del país. Frente a estos hechos los colectivos, gremios, instituciones y redes de sociedad civil abajo suscritos, expresamos lo siguiente:

1. En el año 2000, los peruanos y peruanas logramos derrotar la dictadura y a la mafia dirigida por Alberto Fujimori, Vladimiro Montesinos y compañía, quienes conformaron una red de corrupción en el Poder Judicial, Ministerio Público, Tribunal Constitucional y otros, con el fin de someter al Sistema de Justicia a su servicio y no al servicio de las y los ciudadanos. En esta misma situación se encontraban otros organismos, por ejemplo, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE).

2.Desde el año 2015 denunciamos los peligrosos problemas que afectaban al CNM, por esto, el actual partido de gobierno,Peruanos por el Cambio, así como Fuerza Popular (con mayoría en el Congreso) expresaron su compromiso electoral de “corregir” esta situación; sin embargo, ni hicieron nada y los graves problemas continúan.

3. Dieciocho años después de caída la dictadura, la investigación periodística de IDL – Reporteros nos muestra que esta grave situación no se ha superado. Los audios evidencian que los miembros del CNM implicados no tienen límite alguno y han puesto en riesgo la legitimidad de la función pública, usando esta para propósitos delictivos.

4. Por ello demandamos la renuncia o el cese inmediato de todos los miembros del CNM, procediendo luego de una investigación urgente, a sancionar a los culpables y el nombramiento de un nuevo CNM.

5. Con relación al juez supremo Hinostroza Pariachi exigimos su suspensión inmediata, y que sea sometido a investigación por el órgano judicial que corresponde, investigación que debiera concluir con una efectiva y ejemplar sanción.

6. Una situación similar ocurre con la ONPE, donde las serias denuncias contra sus altos funcionarios -por el apoyo indebido a la inscripción de un partido político-, no produjeron una investigación seria, por el contrario, conllevaron a la destitución de las personas que denunciaron esto. El CNM debió tomar cartas en el asunto; sin embargo, no hizo nada con los funcionarios denunciados. Esto, además de evidenciar el impacto de la corrupción en la ONPE, pone en riesgo el proceso electoral de este año.

7. Así también, esta crisis del Sistema de Justicia impacta directamente en el acceso a la justicia de las mujeres y de todas las víctimas de violencia de género. Estas redes de corrupción evidenciadas en los audios han demostrado que se negocian sentencias e impunidad a cambio de favores. Cabe recordar, que el juez Hinostroza fue quién negó la solicitud de transferencia a Lima del caso de Arlette Contreras. Preocupa de sobremanera, que sean la jueza Emperatriz Pérez y el juez supremo César Hinostroza, implicados en esta denuncia,quienes deban pronunciarse en el juicio emblemático de Manta y Vilca sobre violencia sexual en el conflicto armado interno. Por lo que, exigimos una reforma integral del Sistema de Justicia con enfoque de género, que garantice el derecho a la justicia a todas las víctimas de violencia.

8. No es posible aceptar que las mismas instituciones donde se cometen estos atropellos contra la justicia sean quienes se reorganicen bajo una lógica de acción corporativa que protege a sus miembros y sus intereses. Es necesario buscar en el derecho internacional mecanismos que nos apoyen en el acceso a la justicia, así como una verdadera reforma del Sistema de Justicia.

9. Exigimos al Presidente de la República, señor Martín Vizcarra, asumir un rol activo en la lucha contra la corrupción, planteando la ruta de una reforma integral y urgente del Sistema de Justicia avasallado por redes criminales. La convocatoria al Consejo de Estado para ver este tema es sólo un primer paso en esta línea.

Las instituciones que suscribimos alertamos de la gravedad de la crisis del Sistema de Justicia, situación que revela el avance de redes de corrupción y crimen organizado sobre nuestras instituciones y nuestra frágil democracia. La corrupción impacta en la ciudadanía en general, especialmente viola los derechos humanos de las peruanas y peruanos más pobres y en quienes luchan por alcanzar justicia; tal como se aprecia en uno de los audios donde se traficaba impunidad para el violador de una niña de 11 años. Esto no puede continuar más, desde la ciudadanía nos mantendremos vigilantes y movilizados para impedir que las redes del crimen mutilen la justicia, la democracia y nuestro futuro.

Lima, 10 de julio de 2018

ADHESIONES:

  • Coordinadora Nacional de Derechos Humanos – CNDDHH
  • Confederación General de Trabajadores del Perú
  • Asociación Nacional de Centros de Investigación, Promoción Social y Desarrollo – ANC
  • Federación de Trabajadores en Construcción Civil del Perú – FTCCP
  • Foro Salud
  • Concilio Nacional Evangélico del Perú – CONEP
  • Católicas por el Derecho a Decidir, Perú
  • Proética
  • Mesa Directiva de la FEPUC
  • Asociación de Centros de Estudiantes de la UNI – ACUNI
  • Equipo Peruano de Antropología forense – EPAF
  • Campaña Peruana por el Derecho a la Educación
  • Centro de Promoción y Defensa de los Derechos Sexuales y Reproductivos – PROMSEX
  • Asociación Paz y Esperanza
  • Centro Amazónico de Antropología y Aplicación Práctica – CAAAP
  • Vicaría de la Solidaridad de Jaén, Cajamarca
  • Servicios Educativos Rurales – SER
  • Estudio para la Defensa de los Derechos de la Mujer – DEMUS
  • Colectiva AQP Feminista, Arequipa
  • Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán
  • Asociación Humanidad Libre, Arequipa
  • Centro de Promoción y Defensa de Derechos Humanos – CEPRODEH, Arequipa
  • Mesa de Vigilancia de los Derechos Sexuales y Reproductivos
  • Grupo Propuesta Ciudadana
  • Perú Equidad
  • Servicios Educativos, Promoción y Apoyo Rural – SEPAR
  • Forum Solidaridad Perú
  • CooperAcción
  • Derecho, Ambiente y Recursos Naturales – DAR
  • Asociación Cultural Museo Itinerante Arte por la Memoria
  • Comisión Episcopal de Acción Social – CEAS
  • CLADEM Perú
  • Frente Callao Dignidad
  • Comisión de Derechos Humanos de Ica
  • Paro Internacional de Mujeres del Perú
  • Plataforma Ni una menos Perú: tocan a una, tocan a todas
  • Asociacion Humanidad Libre
  • Presencia y Palabra
  • La Red Nacional de Promoción de la Mujer, Cusco
  • Género Rebelde, Cusco
  • Kuychi Allí, Cusco
  • Ni Una Menos, Cusco
  • Colectivo Sonqo Warmi, Cusco
  • Colectivo por la Igualdad de Género, Piura
  • Colectiva Feminista Arequipa
  • Micaela Bastidas, Trujillo

Continúan adhesiones….

Declaración Urgente por Nicaragua

Por la presente, como intelectuales, activistas sociales y académicos, queremos manifestar nuestro profundo rechazo frente a la gravísima situación de violencia política estatal y violación de los Derechos Humanos que atraviesa Nicaragua, responsabilidad del actual régimen de Ortega-Murillo, lo cual se ha traducido en unos trescientos muertos en los últimos tres meses.

La indignación, el dolor, el sentido de frustración histórica es doble cuando semejante aberración política es producto de líderes y gobiernos que se dicen de izquierda. ¡Qué puede doler más que la ironía de un líder que se dice revolucionario, emulando las prácticas criminales de aquel dictador contra el que se supo levantar! Y esa indignación se hace más intensa aún cuando este panorama de violencia política estatal  es completado con el silencio cómplice de líderes políticos y referentes intelectuales (auto)proclamados de izquierda. La connivencia de cierto establishment intelectual -una izquierda oficialista que suele arrogarse la representación exclusiva de la ‘izquierda’-, ha mutado al calor del poder gubernamental en un sucedáneo del más desbocado cinismo.

Denunciar esta situación tan dolorosa como inaceptable, alzar la voz contra los atropellos a las más elementales libertades y derechos que el actual gobierno nicaragüense viene realizando, no es sólo un deber de solidaridad humanitaria. Es también un acto y un llamado colectivo a defender la Memoria revolucionaria; a procurar evitar la consumación de esta degeneración política en curso.

No hay peor latrocinio que la defraudación política de la esperanza de los pueblos.

No hay peor saqueo que aquel que va dirigido a depredar las energías rebeldes por un mundo justo.

No hay peor imperialismo que el colonialismo interno que se torna violencia opresiva revestido con retórica anti-imperial.

Todo eso está aconteciendo en Nicaragua. La Tierra que fuera símbolo fértil de la esperanza emancipatoria a fines de los ’70, se ha convertido en un campo más de autoritarismo.

La memoria mancillada de una de las revoluciones más nobles y esperanzadoras de Nuestra América, como lo fue y sigue siendo Sandino; la memoria de luchas anti-capitalistas de un pueblo sufrido pero valiente, ahora pisoteada para (intentar) encubrir la típica violencia ordinaria de un régimen dictatorial más, de esos que sobran y se repiten en nuestra historia. El otrora líder revolucionario, honrado por la confianza de su pueblo, hoy convertido en dictador, ciego de poder y con sus manos manchadas de sangre joven. Tal, el paisaje violentamente amargo de nuestra querida Nicaragua.

Alzamos nuestra voz para condenar públicamente la dictadura en la que se ha convertido el gobierno de Ortega-Murillo. Expresamos nuestra solidaridad para con el pueblo y la juventud hoy, una vez más, levantados en resistencia. Para apoyar y acompañar sus exigencias de diálogo y de paz, de poner fin a un gobierno ilegítimo y criminal que hoy usurpa la memoria sandinista. Lo hacemos con la convicción de que lo se trata no es sólo “salvar el honor” del pasado, sino sobre todo, de rescatar y cuidar las semillas emancipatorias del futuro, que hoy se han puesto en riesgo.

Primeras Firmas

Alberto Acosta (economista, Ecuador), Maristella Svampa (socióloga y escritora, Argentina), Raúl Zibechi (ensayista y escritor, Uruguay), Horacio Machado Araoz (politólogo, Argentina), Hugo Blanco (activista, director de “Lucha indígena”, Perú), Joan Martinez Alier (Revista Ecología política, España); Pierre Salama (economista, Francia), Raphael Hoetmer (historiador, Perú), Manfred Max-Neef (Universidad Austral de Chile), Yaku Pérez Guartambel (presidente de la Confederación de los Pueblos Kichwas del Ecuador – ECUARUNARI y de Coordinadora Andina de Organizaciones Indìgenas- CAOI), Decio Machado (Sociólogo, periodista español radicado en Ecuador), Pablo Solon (Fund. Solon, Bolivia) Roberto Gargarella (abogado, constitucionalista, Argentina), Massimo Modonesi (Unam, México), Edgardo Lander (sociólogo, Venezuela), Arturo Escobar (antropólogo, ambientalista, Colombia/USA), Enrique Leff (filósofo, ambientalista, México), Pierre Beaudet (Profesor Cs Sociales, Quebec, Canada), Boaventura de Sousa Santos (abogado, sociólogo, Portugal) Gina Vargas Valente (socióloga, feminista, Perú), Horacio Tarcus (Historiador, Argentina), Juanca Giles Macedo (Educador Popular, Perú), Beatriz Sarlo (ensayista, Argentina); Paulina Garzón (activista, Ecuador), Carlos Antonio Martín Soria Dall’Orso (Abogado, docente y activista ambiental, Perú),  Reinhold Sohns, economista, Alemania, Mateo Martínez Abarca (filosofo, Secretario de Participación Ciudadana y Control social, Ecuador), Manuela Lavinas Picq, (Profesora, Universidad San Francisco de Quito, Ecuador), Ramiro Avila Santamaría (Abogado, Ecuador), Pedro Machado Orellana (Ecuador); Juan Cuvi (Fundación Donun, Prof.universitario, Ecuador), Víctor M. Toledo (UNAM, México), Enrique Viale (Abogado Ambientalista, Argentina), Boris Marañon (UNAM-México), Elizabeth Peredo (psicóloga social, Bolivia), Carlos de la Torre (sociólogo, Ecuador), Carlos Zorrilla (Intag, Ecuador), Carolina Ortiz Fernández (UMSM-Perú), Carlos Castro Riera, Presidente del Colegio de Abogados del Azuay,- Ecuador, Santiago Arconada Rodríguez (Activista del Agua, Venezuela), Santiago Cahuasquí Cevallos (Antropólogo, Abogado, Ecuador), María Fernanda López (Geógrafa, Ecuador), Pablo Ospina (Historiador, Ecuador), Gerhard Dilger (periodista, Brasil), Danilo Quijano (Perú), Ezequiel Adamovsky (Historiador, Argentina), Hernán Rivadeneira J., (Presidente de la Rama Ecuatoriana de la Asociación Americana de Juristas), Pablo Alabarces (profesor e investigador, Argentina), Martín Bergel (Historiador-Argentina), Piedad Vásquez  (Ex-Capacitadora- Técnica  Voluntaria en la Campaña de Alfabetización Augusto Cesar Sandino -Ex-Directora y Fundadora del Aula de Derechos Humanos Universidad de Cuenca, Ecuador), Alberto Chirif (antropólogo, Perú), Andrés Cabanas, (periodista y escritor, Guatemala), Jurgen Schuldt (economista, Perú); Ricardo Napurí (militante socialista, Argentina), Nora Ciapponi, (militante socialista, Argentina), Arturo Villanueva Imaña (Sociólogo, Bolivia), Antonio Elizalde Hevia (sociólogo, director fundador de “Polis, Revista Latinoamericana, Chile), Elsie Monge (Defensora de derechos humanos, Ecuador) , Carmen Diana Deere (Universidad de Florida, Estados Unidos). Fernando Muñoz-Miño (historiador, integrante de El Colectivo, Ecuador) Nancy Esoasandin (maestra y politóloga, Uruguay ), Francisco Javier Velasco (antropólogo y ecologista, Venezuela), Jaime Coronado del Valle (Sociólogo, Perú), Roberto Espinoza, Sociólogo, Perú), Fernando Hugo Azcurra (Economista, Argentina), Sergio Nicanoff (historiador y docente UBA, Argentina), Aldo Casas (activista, revista Herramienta, Argentina, Juan Manuel Crespo (Cientista Social y Activista – Ecuador), Cecilia Chérrez (ecologista, Ecuador), Carlos arcos Cabrera (escritor, Ecuador), José Luis Coraggio (Economista, Argentina), Rubén Lo Vuolo, economista, argentina (Ciepp), Walter Actis (Sociólogo, activista ecologista, España),  Guillermo Almeyra, periodista y escritor (Argentina-México), Juan Pablo Casiello –( Docente – Secretario gremial de Amsafe Rosario, Congresal de Ctera, Argentina), Gabriela Wyczykier, (UNGS-CONICET, Argentina ), Alberto Wiñazky (Economista-Argentina), Hermann Klosius (Presidente de la Solidaridad con Guatemala de Austria),  Catherine Walsh (intelectual militante, Ecuador), Carlos Walter Porto-Gonçalves (Geógrafo. Brasil), Jaime Pastor (editor de la revista Viento Sur, España), Koldo Unceta (Universidad País Vasco, España), Maxime Combes (Economista, Francia), Olmedo Beluche,( Profesor de Sociología de la Universidad de Panamá), Juan Wahren (Sociólogo, UBA/CONICET, Argentina), Gustavo Soto Santiesteban (escritor y activista, Bolivia), Pedro Morazán,(Economista, Honduras, Alemania), Danilo Assis Clímaco (latinoamericanista, Brasil), José Angel Quintero Weir (Wainjirawa-Zulia-Venezuela), Miriam Lang (socióloga, Alemania-Ecuador)

Enviar adhesiones a: declaracionurgentepornicaragua@gmail.com

Las venas abiertas de Nicaragua por Boaventura de Sousa Santos

Traducción: Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

Pertenezco a la generación de los que en los años 1980 vibraron con la Revolución sandinista y la apoyaron activamente. El impulso progresista reanimado por la Revolución cubana de 1959 se había estancado en gran medida por la intervención imperialista de Estados Unidos. La imposición de la dictadura militar en Brasil en 1964 y en Argentina en 1976, la muerte del Che Guevara en 1967 en Bolivia y el golpe de Augusto Pinochet en Chile contra Salvador Allende en 1973 fueron los signos más sobresalientes de que el subcontinente americano estaba condenado a ser el patio trasero de Estados Unidos, sometido a la dominación de las grandes empresas multinacionales y de las élites nacionales conniventes con ellas. Estaba, en síntesis, impedido de pensarse como conjunto de sociedades inclusivas centradas en los intereses de las grandes mayorías empobrecidas.

La Revolución sandinista significaba el surgimiento de una contracorriente auspiciosa. Su significado resultaba no solo de las transformaciones concretas que protagonizaba (participación popular sin precedentes, reforma agraria, campaña de alfabetización que mereció el premio de la UNESCO, revolución cultural, creación de servicio público de salud, etc.), sino también del hecho de que todo esto se realizó en condiciones difíciles debido al cerco extremadamente agresivo de los Estados Unidos de Ronald Reagan, que supuso el embargo económico y la infame financiación de los “contras” nicaragüenses (la guerrilla contrarrevolucionaria) y el fomento de la guerra civil. Igualmente significativo fue el hecho de que el gobierno sandinista mantuviera el régimen democrático, lo que en 1990 dictó el fin de la revolución con la victoria del bloque opositor, del que, además, formaba parte el Partido Comunista de Nicaragua.

En los años siguientes, el Frente Sandinista, siempre liderado por Daniel Ortega, perdió tres elecciones, hasta que en 2006 reconquistó el poder, manteniéndolo hasta hoy. Sin embargo, Nicaragua, como por lo demás toda Centroamérica, estuvo fuera del radar de la opinión pública internacional y de la propia izquierda latinoamericana. Hasta que el pasado abril las protestas sociales y la violenta represión llamaron la atención del mundo. Pueden contarse ya muchas decenas de muertes causadas por las fuerzas policiales y por milicias adeptas al partido del Gobierno. Las protestas, protagonizadas inicialmente por estudiantes universitarios, apuntaban a la displicencia del Gobierno ante la catástrofe ecológica en la Reserva Biológica Indio-Maíz causada por el incendio y por la deforestación e invasión ilegales. Se sucedieron después las protestas contra la reforma del sistema de seguridad social, que imponía recortes drásticos en las pensiones y gravámenes adicionales impuestos a los trabajadores y los patrones. A los estudiantes se unieron los sindicatos y demás organizaciones de la sociedad civil.

Ante las protestas, el Gobierno retiró la propuesta, pero el país estaba ya incendiado por la indignación contra la violencia y la represión y por la repulsa causada por muchas otras facetas sombrías del gobierno sandinista, que entretanto empezaron a ser más conocidas y abiertamente criticadas. La Iglesia católica, que desde 2003 se “reconcilió” con el sandinismo, volvió a tomar sus distancias y aceptó mediar en el conflicto social y político bajo condiciones. El mismo distanciamiento ocurrió con la burguesía empresarial nicaragüense, a quien Ortega ofreció sustanciosos negocios y condiciones privilegiadas de actuación a cambio de lealtad política. El futuro es incierto y no puede excluirse la posibilidad de que este país, tan masacrado por la violencia, vuelva a sufrir un baño de sangre. La oposición al orteguismo cubre todo el espectro político y, tal como ha ocurrido en otros países (Venezuela y Brasil), solo muestra unidad para derribar el régimen, pero no para crear una alternativa democrática. Todo lleva a creer que no habrá solución pacífica sin la renuncia de la pareja presidencial Ortega-Murillo y la convocatoria de elecciones anticipadas libres y transparentes.

Los demócratas, en general, y las fuerzas políticas de izquierda, en particular, tienen razones para estar perplejos. Pero tienen sobre todo el deber de reexaminar las opciones recientes de gobiernos considerados de izquierda en muchos países del continente y de cuestionar su silencio ante tanto atropello de ideales políticos durante tanto tiempo. Por esta razón, este texto no deja de ser, en parte, una autocrítica. ¿Qué lecciones se pueden extraer de lo que pasa en Nicaragua? Ponderar las duras lecciones que a continuación enumero será la mejor forma de solidarizarse con el pueblo nicaragüense y de manifestarle respeto por su dignidad.

Primera lección: espontaneidad y organización. Durante mucho tiempo las protestas sociales y la represión violenta ocurrieron en las zonas rurales sin que la opinión pública nacional e internacional se manifestara. Cuando las protestas irrumpieron en Managua, la sorpresa fue general. El movimiento era espontáneo y recurría a las redes sociales que el Gobierno había promovido con el acceso gratuito a internet en los parques del país. Los jóvenes universitarios, nietos de la Revolución sandinista, que hasta hace poco parecían alienados y políticamente apáticos, se movilizaron para reclamar justicia y democracia. La alianza entre el campo y la ciudad, hasta entonces impensable, surgió casi naturalmente y la revolución cívica salió a la calle asentada en marchas pacíficas y barricadas que llegaron a alcanzar el 70% de las carreteras del país. ¿Cómo es que las tensiones sociales se acumulan sin que se noten y su explosión repentina toma a todos por sorpresa? Ciertamente, no por las mismas razones por las que los volcanes no avisan. ¿Puede esperarse que las fuerzas conservadoras nacionales e internacionales no se aprovechen de los errores cometidos por los gobiernos de izquierda? ¿Cuál será el punto de explosión de las tensiones sociales en otros países del continente causadas por gobiernos de derecha, por ejemplo, en Brasil y Argentina?

Segunda lección: los límites del pragmatismo político y de las alianzas con la derecha. El Frente Sandinista perdió tres elecciones después de haber sido derrotado en 1990. Una facción del Frente, liderada por Ortega, entendió que la única manera de retornar al poder era haciendo alianzas con sus adversarios, incluso con aquellos que más visceralmente habían hostilizado al sandinismo, como la Iglesia católica y los grandes empresarios. Respecto a la Iglesia católica, la aproximación comenzó a principios de la década de 2000. El cardenal Obando y Bravo fue durante buena parte del período revolucionario un opositor agresivo al gobierno sandinista y activo aliado de los contras, apodando a Ortega como “víbora moribunda” durante toda la década del noventa. Pese a ello, Ortega no tuvo pudor en aproximarse al cardenal al punto de pedirle en 2005 que oficiase el matrimonio con su compañera de muchos años, Rosario Murillo, actual vicepresidenta del país. Entre muchas otras concesiones a la Iglesia, una de las primeras leyes del nuevo Gobierno sandinista, todavía en 2006, fue aprobar la ley de prohibición total del aborto, incluso en casos de violación o de peligro para la vida de la mujer. Esto, en un país con alta incidencia de violencia contra mujeres y niños. Por otra parte, la aproximación a las elites económicas se produjo por la sumisión del programa sandinista al neoliberalismo, con la desregulación de la economía, la suscripción de tratados de libre comercio y la creación de sociedades público-privadas que garantizaban jugosos negocios al sector privado capitalista a costa del erario público. Se produjo también un acuerdo con el expresidente Arnoldo Alemán, considerado uno de los jefes de Estado más corruptos del mundo.

Estas alianzas garantizaron cierta paz social. Y debe destacarse también que en 2006 el país estaba al borde de la quiebra y las políticas adoptadas por Ortega permitieron el crecimiento económico. Se trató, sin embargo, del crecimiento típico de la receta neoliberal: gran concentración de riqueza, total dependencia de los precios internacionales de los productos de exportación (en particular café y carne), autoritarismo creciente ante el conflicto social causado por la extensión de la frontera agrícola y por los megaproyectos (por ejemplo, el gran canal interoceánico, con financiamiento chino), aumento desordenado de la corrupción, empezando por la elite política en el Gobierno. La crisis social solo fue atenuada debido a la generosa ayuda de Venezuela (donaciones e inversiones) que llegó a ser una parte importante del presupuesto del Estado y permitió algunas políticas sociales compensatorias. La situación tendría que estallar cuando los precios internacionales bajasen, hubiese cambio de política económica en el principal destino de las exportaciones (Estados Unidos) o se evaporase el apoyo de Venezuela. Todo eso ocurrió en los últimos dos años. Mientras tanto, terminada la orgía de favores, las élites económicas tomaron sus distancias y Ortega quedó cada vez más aislado. ¿Puede un gobierno continuar denominándose de izquierda (y hasta revolucionario) a pesar de seguir todo el ideario del capitalismo neoliberal con las condiciones que este impone y las consecuencias que genera? ¿Hasta qué punto las alianzas tácticas con el “enemigo” se transforman en la segunda naturaleza de quien las protagoniza? ¿Por qué las alianzas con las diferentes fuerzas de izquierda parecen siempre más difíciles que las alianzas entre la izquierda hegemónica y las fuerzas de derecha?

Tercera lección: autoritarismo político, corrupción y desdemocratización. Las políticas adoptadas por Daniel Ortega y su facción crearon divisiones importantes en el seno del Frente Sandinista, y oposición en otras fuerzas políticas y en las organizaciones de la sociedad civil que habían encontrado en el sandinismo de los años 1980 su matriz ideológica y social y su voluntad de resistencia. Las organizaciones de mujeres tuvieron un protagonismo especial. Es sabido que el neoliberalismo, al agravar las desigualdades sociales y generar privilegios injustos, solo se puede mantener por la vía autoritaria y represiva. Fue eso lo que hizo Ortega. Por todos los medios, incluyendo cooptación, supresión de la oposición interna y externa, monopolización de los medios masivos, reformas constitucionales que garantizan la reelección indefinida, instrumentalización del sistema judicial y creación de fuerzas represivas paramilitares. Las elecciones de 2016 fueron el claro retrato de todo esto, y la victoria del eslogan “una Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” encubría mal las profundas fracturas en la sociedad.

De un modo casi patético, pero quizás previsible, el autoritarismo político fue acompañado por la creciente patrimonialización del Estado. La familia Ortega acumuló riqueza y mostró su deseo de perpetuarse en el poder. ¿La tentación autoritaria y la corrupción son una desviación o son constitutivas de los gobiernos de matriz económica neoliberal? ¿Qué intereses imperiales explican la ambigüedad de la OEA frente al orteguismo, en contraste con su radical oposición al chavismo? ¿Por qué buena parte de la izquierda latinoamericana y mundial mantuvo (y continúa haciéndolo) el mismo silencio cómplice? ¿Por cuánto tiempo la memoria de las conquistas revolucionarias opaca la capacidad de denunciar las perversiones que les siguen al punto de que la denuncia llega casi siempre demasiado tarde?